"Las historias de vecinos son infinitas…", me dijo una vez un viejo, mientras se limpiaba, impaciente, las orejas con la llave de su estanciera. Y es cierto. Si, son infinitas. Estoy totalmente de acuerdo con ello. Las hubo, las hay, y las habrá. Siempre, y en todo momento, hay una historia preparada para adjudicarle a algún vecino. Tragedias, hechos afortunados, desgracias, sucesos mundiales, incidentes, desventuras, episodios paranormales, leyendas, aconteceres únicos, etc. Se trata de esos relatos que pululan en la gran y heterogénea amalgama cultural; generalmente contados, una y otra vez, en reuniones sociales, festines o antes de que un niño se duerma.
El autor siempre es anónimo, y los personajes son tan irreales que es inevitable negarle cualquier tipo de credibilidad a lo dicho. Es lo contado sobre lo contado, donde siempre aparecen detalles distintos y cualidades propias de la historia añadidas por el vocero de ocasión; dependiendo, a su vez, del estado emocional, físico y de sobriedad del mismo. Incluso, nadie podría desechar la idea de que pasa algo más o menos parecido con la Biblia. Jesús es el caso paradigmático y clásico, es decir, es el Vecino por excelencia; y quienes hablan de él, es decir, los sacerdotes, siempre están con una o dos copitas de vino encima. La diferencia sustancial, lo que ha pasado con el resto de los cuentos de vecinos, es que no se ha podido llegar a endiosarlos, pero a los fines, es prácticamente lo mismo. Cómo en todos los casos, hay gente que cree ciegamente en uno de esos mitos, y por otro lado, otro montón de personas que se aferran a otro; y discuten, debaten y pelean por demostrar quién tiene razón. Lo peor de todo, como ocurre siempre, es que una vez que uno de los grupos demuestra tener la razón, no sabe, después, qué hacer con ella. Pero eso es otro tema.
Volviendo a lo que decía, las historias de vecinos vienen de todos lados y se dirigen hacia ningún lugar. Son como una madeja de interpretaciones y comentarios difusos y, por momentos, realmente confusos. Por lo que, diferenciándome de todo esto, propongo contarles "La historia del hombre que vive al lado de mi casa", distanciándome del paganismo primitivo de "Las historias de vecinos". Esto no es un capricho, sino un gesto coherente; coherente como esta historia y las aceitunas descarozadas, o el volar intranquilo de una mosca que se le hace agua la boca por la baba que se acumula en las comisuras labiales.
El hombre que vive al lado de mi casa padeció, un día, una de esas desgracias que no tienen nombre. El pobre tipo, casado hace más de una docena de años con una mujer de carácter complicado, como si tuviera una ingesta de trotyl todo el tiempo, y con dos hijas medio retardadas; fue victima de lo que se llama "Un efecto de contravicio". El desgraciado, que se hacía llamar Beto, pero que en realidad se llamaba Humberto, y al cuál finalmente bautizaron Humoberto; cayó en una de esas trampas del destino que dejan atónito a cualquier curioso, lo que marca la pauta de que no siempre lo mejor es lo que está por venir. Pido perdón al lector por este exceso de pesimismo, pero a veces el la única forma que tiene un humilde y desesperanzado escritor de hacer más interesante un escrito totalmente inocuo. La cosa fue rápida, no hubo mucho para andar pensando ni analizando. De repente, imperceptiblemente y sin señales (como toda desgracia); de un momento para otro, mientras fumaba (cómo todas las noches) su cigarro “… de antes de ir a dormir”; se desintegró. Si, como lo lee; y nada volvió a ser como antes: literalmente se hizo humo.
Esa noche, después de haber cenado; salió al patio, como la rutina lo tenía acostumbrado, con un pucho en una mano y el encendedor en la otra. El clima era otoñal, por lo que no estaba muy abrigado. Se sentó al borde del gran cantero de cemento, donde crecían los pensamientos, miró el cielo, y encendió el cigarrillo sin apuro; mientras disfrutaba del silencioso momento bajo una tenue luz de farol de jardín. Fue ahí, mas o menos después de la segunda pitada (aunque algunos aseguran que fue después de la tercera), cuando aquel pequeño cigarro que sostenía entre dedo y dedo, se lo fumó. Al modo de una aporía, no se sabe bien si se trata de una nueva enfermedad, de un error de la naturaleza, o qué; pero desde ese momento quedó, nada más ni nada menos, que reducido a una mediana nube de humo de tabaco, flotando a medio metro del suelo.
Se expandía, se disgregaba, se concentraba, se deslizaba por el aire, y se volvía a contraer. Iba para un lado y para otro, a veces movido por las corrientes de aire, otras veces revuelto con violencia por las turbulencias del ventilador de techo. Su mujer estaba enfurecida e irritada, y además de tratarlo con más desprecio que antes, ahora lo atacaba con el fundamento de que él siempre fue de esa gente que va para donde va el viento. Durante el día, era inhalado y exhalado cientos de veces por su familia, y combatido constantemente por desodorantes de ambiente. El aire en su casa estaba todo el tiempo viciado y nebuloso, generando un clima nauseabundo. Sus hijas tosían como caballos, mientras lagrimeaban, medio asfixiadas, quejándose histéricamente de lo que había pasado, y pidiendo a gritos que las dejen ver la novela de la tarde. Así pasaba el tiempo para Humoberto, hasta que llegó un momento en el que su presencia se hizo completamente intolerable, e intentaron guardarlo en frascos, en bolsas y demás recipientes; pero fue imposible.
A todo esto, se le agregaba el hecho de que no sólo no podía estar tranquilo en su propia casa, sino que no podía ir a ningún lado; ya que desde que el Estado prohibió fumar en lugares cerrados, se le negaba el acceso a todo sitio. De todas maneras, y para no perder la costumbre, acompañaba igualmente a su esposa hasta la puerta del cine, hasta la puerta de los bares y restaurantes, y allí la esperaba hasta que salía. Pasaba el tiempo haciendo figuras en el aire, camuflándose en el smoke urbano, y provocando estornudos en la vía pública a las viejas copetudas y fanfarronas.
En un principio, todos en el barrio, y fundamentalmente su irritable (e irritante) familia; tuvimos la esperanza de que fuera sólo una cuestión de tiempo. Tal vez, fumar un cigarrillo en el mismo lugar, a la misma hora, y después de haber hecho perfectamente todo lo que él hizo con anterioridad a ese momento, al modo de un ritual; pueda generar el mismo fenómeno en forma invertida. Pero no. No había manera de corporeizar a Humoberto, quién ya disfrutaba de su nueva humeante condición.
De más está decir que no es fácil ser humo. Si bien su transición de ser-humano a ser-humo, su pasaje desde una condición de Humanidad a "Humonidad"; fue al modo de un salto cualitativo instantáneo, no fue sencillo acomodarse a las vicisitudes que le impuso su nueva vida. Si bien, había algo de añoranza en su flotar, en su discurrir, quizá una especie de nostalgia por aquel hombre que se humonizó, y que finalmente devino una pitada eterna; no había nada que perder. Tal vez en otro relato se transforme en otra cosa ¿Quién sabe? Y como “No hay mal que por bien no venga”, tal como reza el dicho popular; una desgracia, muchas veces, puede ser lo mejor que le puede pasar a alguien. Y el caso de Beto, Humberto o Humoberto; es la prueba necesaria y suficiente de que las cosas cambian, ya sea para bien, ya sea para mal. No importa. Y este, además y a pesar de todo, es el ejemplo cabal de un cuento que pretende ser pesimista, y concluye de manera demasiado optimista. ¿No? De hecho, Humoberto, después de la metamorfosis, dejó de fumar.
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miércoles, 16 de mayo de 2012
HUMOBERTO Y SU HUMONIDAD
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miércoles, 9 de mayo de 2012
Es-Cuchar-a... el Té-léfono sonar. La existencia y el fin de la Eternidad.
Había pasado horas sentado en la mecedora, columpiándose lentamente, al modo de un pequeño navío en aguas mansas; contemplando una cucharita de metal. Si, una pequeña cucharita que cobijaba una gota de té en su vientre, como protegiéndola. El utensilio posaba, a su vez, sobre una mesita ratona de madera, algo desvencijada por el paso del tiempo, carcomida, enclenque, gastada. No había nada más allí arriba que esa cucharita, y su esplendor. Él se acercaba y se alejaba, en un constante vaivén, mientras se preguntaba (cómo ya lo habían hecho otros) <<¿Será esto la eternidad?>>. La forma oblicua y sesgada de aquella panza algo torcida le recordaba los días de lluvia y sol, y finalmente, el misterio del Universo.
Definitivamente, no se trataba, bajo ningún concepto, de filosofía ni nada parecido. Era más bien un acto de cucharología, donde su retina, mediante una observación en movimiento, intentaba captar el fenómeno ¿Qué pensaría aquella gota de té sobre la vida? ¿Acaso su vida no dependía, apenas, de aquella cucharita? ¿Y si el Universo no fuera más que una gota de té sobre la cuchara de algún Dios que, al igual que él, se mece en una silla, contemplándolo? Entonces, eso sí tenía algo del orden de la eternidad, de lo divino. En fin, sonó el teléfono ¿Se trataba, acaso, del Apocalipsis? No atendió, sólo soportó el sonido con los ojos cerrados.
Solía sumergir sus pies en una palangana con agua tibia y sal, cuando llegaba a su casa. Se trataba de uno de esos máximos placeres que sólo proveen las cosas simples. De ese modo, y en silencio, soñaba echar raíces, como si fuera un ciprés, de esos que casi acarician el cielo, mientras hunde su alma en lo más profundo del planeta. Estaba convencido de que su soledad era su mejor compañera, porque podía soportarla sin estar triste (como la soledad del ciprés) y sigo el paréntesis después de haberlo cerrado, porque puedo darme ese lujo; ya que el ciprés, penetrado por la tierra, el agua, el aire, el cielo y la luz del sol, vive aunque nadie piense en él, sin una alteridad que lo haga existir. Pero aquella noche, a diferencia de lo de todos los días, y quizás movido por su vespertina reflexión, remojó sus pies en té.
Le tomó trabajo llevar la bañera con la infusión, pero lo logró. Acercó, con paciencia, su mecedora al borde; encendió un cigarrillo, y metió suavemente sus desnudos y huesudos pies. Experimentó en carne propia lo que siente una cuchara, revolviendo aquel líquido amarronado, mientras el té se le filtraba entre los dedos, para aquí y para allá, y el azúcar se amontonaba en el fondo, escapándosele. Entró, así, en una especie de plano paralelo, donde ya casi ni respirar necesitaba, se había desprendido se la corporeidad que lo hacía hombre a imagen y semejanza de aquel Dios. Oía las charlas de un bar imaginario a su alrededor, voces que venían de todos lados y se dirigían a ningún lugar; y su anonimato, su anonimato se hacía ley. Las vibraciones del murmullo corrían por su cuerpo, que entraba poco a poco en resonancia con ellas. Lentamente se volvía metálico y transversal. Era energía que fluía en forma de cuchara, se dislocaba, se torcía y rechinaba. Ya no era él, había una mano que lo movía y lo golpeaba contra los bordes de una taza blanca “tin-tin-tin-tin”, contra los bordes del Universo, tal vez.
Luego de un rato, se acostó en su cama, que era un platito de cerámica, boca arriba, y de reojo podía vigilar las gotas que habían quedado en su empeine. Estaba preso de un estado cucharil: se había acucharado. No había vuelta atrás. Él mismo era ahora una cuchara, y podía percibir los ojos de Dios acercarse y alejarse, desde su mecedora. Concretamente, era el trance de la eternidad. Era inmortal. Y el teléfono sonó nuevamente. Esta vez, atendió. No estaba tan solo como pensaba. No estaba tan aislado como realmente quería: un grupo de cipreses, en la Patagonia, pensaba en él.
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viernes, 9 de diciembre de 2011
La denuncia

“De sus axilas extrae el hombre
la cera necesaria para forjar
el rostro de sus ídolos”
-Nicanor Parra-
Antes que nada, y antes de que pierdan tiempo leyendo esta bazofia, les aviso: den vuelta la página. Ya ven, el que avisa no traiciona. Si siguen leyendo es porque son tan porfiados como yo, obsesivos, manipuladores, miedosos, víctimas de la eterna duda de “lo que hubiera podido ser”, un poco mentirosos, vergonzosos, tímidos, y tal vez, apenas, sientan, en determinadas ocasiones, un poquito de envidia. Y, sin embargo, siguen la lectura, como si no les importara darme la razón. Bueno, esta pequeña historia está basada en la certeza de que nada es perfecto en la vida, y digo esto intentando evitar toda cuota de pesimismo, aunque no creo que lo logre. Fundamentalmente, lo que quiero contarles es, dentro de todos mis días vividos, uno que fue particularmente consternante, pero no por eso olvidable, a pesar de que lo escribo, justamente, para eso, para no olvidarlo.
Como decía, nada es perfecto, ni siquiera la certeza-de-que-nada-es-perfecto es perfecta, por lo que, todo parece ser más complicado de lo que parece. Y es así, uno empieza hablar de estas cosas, y siempre termina citando a Freud, a Marx, a Nietzsche; haciéndolos decir un clericó de farsas. Y, sobre todo, de lo que se trata, en última instancia, es de los criterios que uno podría llegar a tomar en cuenta para definir “lo coherente” acerca de un acontecimiento cualquiera. ¿Cuántas veces pasan cosas realmente extrañas, aciagas, sucesos de naturaleza abominable, ominosas; y uno, chupado por la vorágine de lo cotidiano, ni se percata? De lo que se trata aquí, es justamente de eso, de percatarse.
Estaba yo, en uno de esos días que siempre se parecen al anterior, leyendo, tal vez, cocinando ¿Quién sabe? Lo que me pasa, y que ya he contado muchas veces a mi analista, es que después de cualquier acontecimiento violento, me olvido de todo lo que hice inmediatamente antes. Él dice que es una amnesia neurótica, no se qué cosa del complejo de Edipo, y blablabla. Yo le pago, y él me insulta: Así está el mundo, señores. Lo cierto es que, mientras yo hacía eso que ahora no recuerdo, unos cascotazos golpearon contra las ventanas de mi casa, haciéndolas estallar. Pedazos de concreto, como proyectiles, me invadían, y enseguida había vidrios por todos lados, desparramados a lo largo y a lo ancho del living. A su vez, los trozos de roca, pegaban contra los muebles y en los adornos que reposaban sobre ellos, provocando todo tipo de destrozos. Era lo más parecido al bombardeo Nazi a Inglaterra que había visto en mi vida. Yo, mientras esto pasaba, quedé inmóvil, carcomido por la sorpresa, estupefacto, turbado. En primera instancia, no entendía nada; y en segundo lugar, tenía mucho miedo. Al principio pensé en asomarme y, de esta manera, poder ver quién se había ensañado conmigo. Pero después, como siempre me pasa, me dio un ataque de pánico, y bueno, me vi muerto allí, entre todo ese caos. Quedé tendido boca arriba, entre vidrios y cascotes. La presión en el pecho, la taquicardia, el dolor en el brazo izquierdo, la falta de oxígeno, hicieron que me autodiagnosticara un paro cardíaco, e inmediatamente empecé a imaginarme quién encontraría mi cadáver allí, quién sería el primero en hallarme, qué haría. Llegué a imaginar mi velorio lleno de gente, incluso la presencia de aquellos que me odiaban. Las miles de coronas distribuidas por ahí, que llegaban de todos lados, los comentarios, los llantos, etc. Sin embargo, nada de esto me asombra. Mi analista dice que es una respuesta de defensa frente a una supuesta ley simbólica, y no sé que otras cosas; por otro lado, mi médico me da una pastillita, y se me pasa. Así que, hice eso, me tomé esa pastillita, y al rato ya estaba mejor.
Yo les advertí que no sigan leyendo esto. No les va a gustar. Pero bueno, pienso seguir escribiendo. Cuando logré reintegrarme de aquel inconveniente, no pude dejar de preguntarme: ¿Quién sería mi enemigo? ¿Qué habré hecho para que me hagan eso? La verdad es que, cuando me asomé para afuera, luego de tres horas, mas o menos; ya no había nadie. Y pensé, y pensé… y entre tanta gente, no se me ocurrió quién pudiera llegar a ser el vándalo que apedreó mi morada. Lo que sí me pasó fue que, esa noche, no pude dormir. Tenía la constante sensación de que, en cualquier momento, entraría alguien por la ventana a asesinarme, encapuchado, tal vez con un arma blanca, quizás con un revolver. Cualquier pequeño ruido era suficiente como para que me levantara y echara un vistazo hacia fuera, mire por debajo de la puerta de calle, y terminara escondido en el baño, en posición fetal, en la bañera. Quizás puede sonar un poco extraño todo esto, pero mi obsesión por los detalles a veces hace que mi relato pierda el hilo. Sin embargo, no pienso pedir disculpas, yo les dije que no sigan leyendo. Jodansé.
Como les contaba, esa noche fue horrible. Lloré. Llamé a la policía unas dieciséis veces -siempre número par, para evitar todo tipo de yeta-, pero como de costumbre, me tomaron el pelo, y nunca mandaron los cinco patrulleros que demandaba. Probé con rezar, para tratar de tranquilizarme, pero fue inútil. El insomnio me impidió, incluso, ponerme en posición horizontal. No hubo forma.
La semana pasada me había pasado algo parecido, pero fue después de leer algunos cuentos de Poe. Cuatro ataques de pánico consecutivos. Leer no siempre hace bien. Pero todo eso no viene al caso. Lo cierto es que, ni bien el sol se colgó en el cielo y algunas personas empezaron a deambular por la calle, tomé la decisión de ir personalmente a la comisaría a hacer la denuncia. El hecho de que hubiera gente caminando allí afuera me tranquilizaba porque, si algo me llegara a pasar en el camino, tendría testigos. De todos modos, en el camino de mi casa a la comisaría, no pude dejar de sentirme observado. Cualquiera de todos ellos podría ser el victimario. A esa altura, desconfiaba de mi vecina, doña María -una anciana viuda, de unos ochenta años, a la que le envenené el gato, porque tenía la seguridad de que el pequeño felino me espiaba y divulgaba información sobre mi vida privada a los demás gatos del barrio, y se reían de mí-; también de Pepe, el jovencito que atendía el kiosco de la esquina -al que una vez le llevé todos los caramelos que me había dado de vuelto durante un año, y se los desparramé sobre el piso y el mostrador, mientras lo insultaba a los grito, al muy ladrón-; incluso de José y Carlos, la pareja gay que vivía frente a mi casa -a los que les revisé la basura durante mucho tiempo. Es cierto que me saludaron muy amablemente y hasta se acercaron a preguntarme por mis ventanas, pero por las dudas no les devolví el saludo. Si ellos no habían sido, seguramente sabían quién fue; y sin embargo, me mentían. Es siempre la misma historia.
Bueno, la cosa es que llegué, finalmente, a la comisaría. Entré, en silencio, y me dirigí al mostrador. En uno de los bancos, esperando, había un tipo con el brazo vendado y lentes negros, acompañado por una mujer colorada y muy pecosa, que no dejaba de fumar. El hombre ni se movía, es más, ni se le notaba la respiración. A su lado, la mujer, bastante demacrada, tenía las piernas cruzadas, y sacudía la izquierda con gran entusiasmo, como pateando el aire. Estuve un rato apoyado ahí, golpeando suavemente la superficie del mostrador con la yema de mis dedos. Después lo dejé de hacer, ya que me dio un poquito de asco. Más o menos, a los quince o veinte minutos de haber estado ahí, se dignó a aparecer una uniformada, masticando un chicle que, por su forma, tenía varias horas entre sus dientes.
- ¿Quién sigue? – preguntó gritando, mirando a la puerta, ignorando la presencia de cualquiera de los tres que estábamos allí. Luego de aquel berrido, un silencio acompañó el cruce de nuestras miradas, y yo me animé a hablar.
- Yo… - contesté con apenas un susurro.
- Bueno… y que te pasó? ¿Qué necesitas? – siguió preguntando, mirándome de una manera desafiante, como queriéndome decir “Que rompe bolas que sos, nene”.
- Vengo a hacer una denuncia – dije con vos grave, con seguridad, apoyando de nuevo mi mano sobre el mostrador-. Resulta que ayer, yo estaba en mi casa y me rompieron las ventanas a piedrazos, y…
- Bueno, bueno, bueno… -me interrumpió- … esperá. Ahí vengo. –agregó, y se fue-.
Nos quedamos los tres ahí, sentados, de nuevo esperando. El sol ya se hacía más fuerte, se acercaba el mediodía, y todo empezaba a calentarse. Y yo, si hay algo que detesto es esperar, y más cuando una colorada insoportable te fuma al lado. La cristiana esa no dejaba de largar humo, y con el miedo que le tengo al cáncer de pulmón por fumador pasivo, empecé a ponerme un poco más nervioso de lo que estaba. Me paré y empecé a caminar por la pequeña sala de espera, y sentí que la presión empezaba a bajarme, comencé a ver todo medio borroso, hasta que me senté y empecé a respirar por la nariz y a exhalar por la boca, practicando uno de esos ejercicios de relajación que alguna vez aprendí haciendo reiki; mientras buscaba el sobrecito de sal que llevo religiosamente en mi bolsillo derecho, intentando evitar todo tipo de desgracias frente estos incidentes. En fin, me tomé la dosis de sal, y me quedé sentado un rato allí, hasta que me sentí mejor. De todos modos, entre esa gente tan extraña, el calor, el lugar y la espera; empecé a ponerme un poco ansioso.
Más o menos, a la media hora, mientras seguía sentado ahí, llegó un patrullero, que estacionó en la puerta, y bajó un policía que, al entrar, saludó con un “hola” medio seco, mientras cruzaba el mostrador y se metía en la sala que estaba del otro lado.
- ¡No! ¿Estás mirando la última de Nicolas Cage? Me dijeron que está buenísima –se escuchó decir.
- Si… vení. Sentate.
Y así, como quién no quiere la cosa, se empezó a oír el sonido de un televisor, como si le estuvieran subiendo el volumen. Y de repente, la sala de espera se llenó con los sonidos y el audio de “la última de Nicolas Cage”. Yo, enseguida, miré al supuesto cieguito y a la colorada, como intentando encontrar alguna complicidad, pero fue inútil. Los dos monigotes estaban como pintados sobre banquito, y la loca no dejaba de sacudir la pierna izquierda. Parecía una provocación. De todos modos, respiré hondo, me puse de pie, y me paré de nuevo frente al mostrador, tratando de espiar qué hacían allá adentro. Y al ratito, vino el policía que había entrado último, con el mate en una mano, y una factura en la otra.
- Si ¿Qué necesita? –me preguntó sonriendo.
- ¿Que tal? Vengo a hacer una denuncia –volví a explicar, ya relajado-. Resulta que ayer me rompieron los vidrios de la casa a piedrazos y…
- ¡Ah! Una denuncia. Bueno, esperame un ratito. Ya te atienden –me interrumpió, mientras le daba un último sorbo al mate. Después volvió a meterse en la habitación que estaba del otro lado del mostrador-.
Al principio, pensé: “¿Esto es una joda?”. Inmediatamente, crucé el mostrador, abrí la puerta que, entreabierta, dejaba ver movimientos, y entré a la misteriosa sala, a exigir una explicación. Sin embargo, allí sólo vi un televisor, y una mesa donde había una pava tibia, un mate y un plato con dos facturas –obviamente, quedaban las de crema pastelera. Me quedé un instante ahí, y enseguida descubrí otra puerta que daba a un patio. Por supuesto, allí fui.
Lo que sigue es algo realmente fuerte. Como dije al principio: “nada es perfecto”. Su plan no era perfecto, y tampoco mi dicha. Los vi, y durante los primeros minutos no pude creerlo. Muchas cosas empezaron a cerrarme, y comencé a entender la lógica del mundo. Estaban ahí, practicando, para no fallar. Tenían esa inmensa montaña de escombros, piedras y cascotes, y algunas ventanas en el fondo de aquel patio, a las que se las lanzaban, mientras reían. Y entonces, ya no sabía bien quiénes eran los policías, y quiénes los bandidos. Al fin y al cabo, eran los mismos, y yo me reducía a ser su diversión. Nunca dejaron de reírse de mí. Seguramente la colorada y el muchacho de lentes de sol también eran cómplices. No me vengan con reproches, yo se los advertí, no lean esta historia, no tiene un final feliz. Si quieren algo así, simplemente miren “la última de Nicolas Cage”. En cuanto a mí, me fui caminando a casa, decepcionado, esperando la apedreada del día siguiente, con la esperanza de que no tengan tanta puntería como ayer.
Dedicado a mi Hada Madrina. Todos tenemos una por ahí.
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miércoles, 25 de mayo de 2011
Playa Melancolía

La confusión llegó a su punto máximo a orillas de aquel mar de nadas, donde un iluso mojaba sus pies con desconfianza. Miraba el lejano horizonte como esperando una respuesta, mientras soltaba, como si fuera su alma, una bocanada de humo, vaciando sus pulmones, sin disimular la resignación. Una brisa ingenua no dejaba de susurrarle al oído versos frescos de amanecer, mientras sus ropas y sus cabellos bailaban al compás de un triste tango entonado por las arenas de una fría playa desierta. No había nada a su alrededor, salvo el mundo, un cielo turquesa, el sol que iluminaba sin calentar, algunas gaviotas juguetonas, y su desolación. De vez en vez, recibía el abrazo que le ofrecía alguna que otra amigable ola en forma de consuelo, mientras su angustia flotaba en el aire, al igual que la espuma y la sal lo hacían sobre la orilla, como queriendo escapar a otro sitio, como intentando soltarse sin soltarse.
Lo sucedido en los días inmediatamente anteriores a aquel, si es que pueden definirse como “días”; había cavado surcos en lo más profundo de su desequilibrada cordura. Definitivamente, la falsa hipótesis del destino, que había intentado sostener a ultranza, caía por su propio peso; y lo hacían aparecer entre un abismo y otro, como sujetado por una soga que lo soportaba y lo ahorcaba a la vez. El silencio lo aturdía, los disgustos fueron socavando su aparente optimismo, y lo transformaron en algo menos que un cuerpo, en un pedazo de carne que ni siquiera podía desear morir, porque ya lo había hecho hace tiempo. Ya no podía llorar, ya no podía gritar, ya no podía culpar a nadie; estaba en la cornisa de su mente, a punto de saltar al vacío, a la nada. Estaba desesperado por entregarse a esa quimérica nada, que era a su vez lo único que tenía.
Ya no había amor, no había odio: ya no había nadie. Sin apresurarse y sin detenerse, comenzó a dar unos pequeños pasos, adentrándose en esa inmensa masa acuosa que iba y venía, como sacudiéndose de felicidad ante su presencia. Se sumergían sus pantorrillas, luego sus rodillas, y así, lentamente comenzaba a entregarse al mar, emprendiendo aquellos pasos de liberación. Una vez que el agua lo envolvió por su cintura, se detuvo, dando las últimas pitadas a su cigarro, con un dejo de nostalgia, como con pena, disfrutando de la última seca de un modo religioso. Luego continuó su marcha, sin dudar, hasta sumergirse completamente.
Las aguas seguían sacudiéndose, el cielo con sus nubes y su majestuoso sol se proyectaban en el fondo de la escena, y las gaviotas volaban sin enterarse de nada. Aquellas huellas que habían quedado dibujadas en la arena, ahora eran borradas por los codos de las olas que llegaban a la orilla, como soplando la historia de un hombre sin nombre que se dejó tragar por la garganta de un mar misterioso. Ya no había rastros, ni recuerdos, ni señales de alguien que transitó esas costas tratando de encontrar un consuelo a su dolor; sólo un manojo de papeles desparramados sobre la orilla, con poemas anónimos de quién hoy baila con Alfonsina en el fondo del mar.
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domingo, 3 de abril de 2011
Insight
La había visto esa mañana, como casi todas las mañanas, durante años. Se cruzaron en los pasillos de aquel lugar como lo hacían siempre, pero esta vez había sido diferente: aquel día, él la había visto como nunca antes lo había hecho. Algo recorrió su cuerpo, desde su cabeza hasta la punta de sus pies, produciendo un efecto de estremecimiento que lo detuvo en su marcha, un poco confundido, un poco aturdido. Ella, en la cotidianeidad de los mecánicos días de la ciudad, lo saludó con un beso en la mejilla, le sonrió, y siguió su camino, sin modificar absolutamente nada de la rutinaria escena matutina a la que ya estaban acostumbrados. Sin embargo, si algunos dicen que “ojos que no ven, corazón que no siente”, aquella vez, sus ojos realmente la vieron, despertando un sentimiento inexistente hasta ese momento. Eso lo dejó ensimismado, porque involuntariamente, como preso de aquello que lo había invadido, no dejó de pensar en la muchacha, tan insignificante durante mucho tiempo, y ahora tan transcendental.
Ya nada, para él, volvería a ser como antes.
Ya nada, para él, volvería a ser como antes.
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domingo, 20 de marzo de 2011
Horizonte de pies sangrantes

“Pero si resbalas y te dejas caer,
pero si tus alas no te cortan los pies.
Todo el mundo sabe que no puedo vivir sin vos.”
“El amor espera” - Carlos Alberto García.
No sé si es enojo o tristeza lo que corre por mis venas en este momento, o tal vez sea una especie de mezcla entre ambas. El olvido del hombre, del hombre en tanto especie, tiene cierto estatuto de pecado original, y aunque no pretendo ser reconocido como el legítimo portador de un alma pura, porque también estuve allí, y también participé de los hechos y acontecimientos sucedidos, me resisto a olvidar. De algún modo, y por más que se intente disfrazar las cosas, es esa la causa que me envió a este lugar, alejado de todo; encerrado entre estas frías y anchas paredes donde la mentira, como fenómeno, no tiene permitida la existencia, y sin embargo toda verdad es juzgada como delirio, locura, alucinación, en fin, como falsa. Esto me demuestra, sin dudas, que el precio por decir la verdad, por quitarle al mundo esa careta que siempre está mal puesta (como solía decir mi maestro), se paga con el peor de los castigos. Y por esa misma razón, señor lector, puede usted, en este instante, hacer un bollo con este papel y tirarlo al fuego; puede reírse, subestimando el valor de mis palabras, o por el contrario, abrir las puertas de su corazón y otorgarme una cuota de fe, de confianza, tomando como cierto al menos una parte de lo que voy a contarle. Es necesario aclarar, y muy válido, que lejos de mis intenciones está la extirpación de todas sus dudas, ya que de alguna manera ellas son el combustible del pensamiento, y sería una torpeza de mi parte cometer tal terrible crimen.
Una especie de reflexión compleja durante mis silenciosos y solitarios días en este horroroso lugar, me llevó a pensar que por más paradójico que pueda parecer, por momentos la realidad no deja de tener cierto grado de naturaleza absurda. Muchas veces, lo más incoherente y loco, en la constante cotidianeidad de los días, llega a tomar estatuto de normalidad, produciendo un efecto de acostumbramiento (el camino más corto hacia la mediocridad, y por lo tanto, a la muerte) que elimina toda posibilidad de acción, incluso de creación, con todo aquello que gira alrededor de la vida de los hombres. Un ejemplo de esto es el caso de aquella enorme pelota blanca que suele aparecer por las noches, variando sus formas y cualidades. Durante mi larga estadía aquí suelo contemplar la luna detrás de los barrotes que adornan una pequeña ventana, situada cerca del húmedo rincón donde me mantienen encadenado. Es una enorme bola luminosa que recorre los cielos con audacia, rodeada de estrellas, un poco tenebrosa a veces, y otras, romántica y poética; sostenida quién sabe por qué fuerzas, y arrastrada por el oscuro firmamento, agigantándose, mostrando sólo uno de sus costados, o escondiéndose detrás de alcoholizadas nubes trasnochadoras. Sin embargo, para los que se autodenominan cuerdos, no es más que una insignificante roca espacial que no deleita pupila alguna ¿Qué es lo que pasa? ¿Porqué tanta ridiculez? Lo que ocurre es muy sencillo: influenciados por alguna especie de razonamiento (que no puede ser más que errante), todo para los hombres se ha convertido en una obviedad, como hipnotizados por un supuesto (que de evidente no tiene nada) que arraigado en una comodidad lógica funciona como piedra fundamental del vacío pensamiento de nuestra era, para el que no hay misterios ni absolutamente nada maravilloso y enigmático.
Volviendo al punto de partida y refrescando mis dolencias, antes de que, a la fuerza, me encerraran y me encadenaran a este muro, yo era un hombre como cualquier hijo de vecino que uno cruza en la calle o el mercado. Jamás había tenido problemas con ningún tipo de autoridad ni nada parecido, pagaba mis impuestos, saludaba amablemente al prójimo mientras le sonreía y envejecía día a día sin ningún tipo de preocupación o arrepentimiento. Sin embargo, algo inesperado ocurrió en aquellos tiempos, algo que torció no sólo mi destino, sino el de todos, aunque muchos todavía no se hayan enterado.
Desde que llegué, en mi temprana juventud, a aquellos pagos; todos los atardeceres se lo podía ver desde lo más profundo del valle, parado sobre la cornisa de las bardas, mirando hacia el oeste, como tratando de encontrar una respuesta a la misteriosa muerte del sol. Sus tobillos sangraban dolorosamente despacio y de manera constante. Viejas cicatrices decoraban los nuevos cortes que el filo de sus inmensas alas no dejaba de infligir cerca de sus talones. Era algo inevitable, tal vez el precio que era necesario pagar por poseer tan enormes y bellas extremidades que, nacidas en la parte media superior de su espalda, llegaban casi hasta el suelo, rozando sus descalzos y polvorientos pies.
Algunos decían que se trataba de un semidios, de esos seres que en la naturaleza divina funcionan como intermediarios entre los hombres y Dios, obrando de mensajeros. Otros, a su vez, sostenían que era el fruto del amor entre una mujer y un ángel, que devorados por la pasión únicamente humana consumaron el acto que funcionó como su génesis, y que a causa de ello no posee la divina proporción en su cuerpo, por lo que sus alas no dejan de cortar sus sobrecicatrizados pies; como si se tratase de una trasgresión del orden establecido por las leyes del cielo y la tierra. Mas allá de todo, y sea como sea, aquel extraño ser había sido bautizado “Horizonte”, justamente a causa de ser, en un sentido simbólico, la unión entre el cielo y la tierra, la pieza fundamental que hace del mundo un todo.
Nadie sabía bien, exactamente, cuando fue que Horizonte llegó al valle; pero sí se decía que hacía muchísimo tiempo que aquel hermoso ángel decoraba el crepúsculo de todos nuestros días, y de ese modo, su presencia allí ya no era un espectáculo ni nada parecido. Simplemente se paraba en uno de los picos rocosos más altos y miraba el anochecer con cierto grado de nostalgia. Y es en este punto donde sostengo lo que expuse anteriormente, al ser algo que necesariamente sucedía todos los días, por más maravillosa que era la escena, devenía insignificante para todos los valletanos que, de vez en cuando, levantábamos la vista y lo mirábamos como si se tratase de una nube pasajera o algo por el estilo.
Sin embargo, y pese a la tranquilidad que reinaba en la pedrosa costa de aquel manso río, pasó lo que pasó, lo que después devino tragedia y desdicha, respaldada con impunidad, olvido e hipocresía. Una mañana de abril llegó J. desde la capital, un enviado del gobierno con novedosos proyectos para implementar en aquellas tierras, hermosas promesas y garantías de un futuro maravilloso, éstas brotaban a borbotones de su inmensa bocota que, alocada y a los gritos, regalaba una sonrisa entre frase y frase. Era cierto que, en mayor o menor medida, todos vivíamos con un indiscutible grado de peligrosa comodidad y, si bien teníamos mucho para mejorar, nos sentíamos medianamente felices; pero aquellos discursos del citadino provocaron tal revuelta en la gente, incluyéndome también, que no nos permitió pensar en las consecuencias que podían llegar a tener sus ideas, y sin dudarlo, le cedimos toda nuestra soberanía para que hiciera y deshiciera a gusto. Los primeros momentos fueron de muchísima confianza, calma y serenidad. Nadie dudaba de J., era un muchacho muy carismático y amigable que todas las mañanas recorría el humilde poblado hablando con los vecinos y sometiendo, de manera tramposa, todas sus ideas a nuestra adormecida crítica, ganándose de ese modo nuestro desmedido apoyo.
Empezó imponiendo una organización bastante particular, dependiendo de nuestros oficios, nuestra ilustración y capacitación, tanto como de los terrenos y de la tecnología disponible como de las edades y el género. Al principio, por lo bajo circulaba un descontento implícito desencadenado como reacción a los cambios, pero nadie se opuso explícitamente, excepto Don Silvio, un viejo campesino de la región sur que jamás se destacó por su sutileza, y que de un día para el otro abandonó misteriosamente la zona (O por lo menos eso nos dijo J. cuando nos llamó la atención sus reiteradas ausencias a las asambleas comunitarias de los domingos, donde tenía una participación muy activa.).
Con el paso del tiempo, la vida en el pueblo había cambiado bastante, las asambleas dominicales fueron menos concurridas hasta que, por una orden directa de J., se prohibieron totalmente con el fundamento de que ya no tenían ningún carácter resolutivo, haciéndose responsable completamente él de las decisiones que antes tomábamos en masa. Muchos vecinos, atrapados por cierto fundamentalismo berreta, se transformaron en los asistentes y defensores de J., obrando durante todo el día para que se cumplan sus intervenciones a raja tabla, convencidos de que era lo mejor para concluir a la perfección aquel tan preciado “proyecto”, y llevando a cabo una serie de sanciones o castigos para todos aquellos que pusieran algún tipo de resistencia a lo encomendado. De este modo, se empezaba a sentir en el aire una presión que jamás habíamos experimentado, y como todo fenómeno desconocido y nuevo, nos paralizó, impidiéndonos hacer algo para cambiar lo que nosotros mismos, voluntariamente, habíamos permitido.
En este contexto vivimos varias cosechas, todo marchaba regularmente igual, sólo que J. ya no se mostraba en público, sino que se hacía presente, de vez en cuando, a través de la palabra de sus voceros. A esa altura vivíamos con una incertidumbre y una desconfianza que aniquilaba cualquier tipo de esperanza en restaurar nuestro pequeño paraíso. Sin embargo, a pesar de lo ocurrido, faltaba algo específico y puntual que, sin querer caer en planteos morales, se convertiría en lo menos aceptable del proyecto, lo que detonaría el caos: el deseo de J. de eliminar a Horizonte, es decir, lo único que conservábamos de aquellas épocas de paz y verdadera libertad. Esto apareció como un rumor, como aparece todo aquello que deseamos que sea mentira sabiendo que se trata de una terrible verdad, como nace lo inaceptable. Parecía imposible ¿Porqué razón? No tenía ningún tipo de sentido, pero era real. Y así fue que a los diez días, sin que nadie se lo esperara, partió una expedición de hombres en busca del nostálgico ángel del anochecer. El pueblo en su totalidad estaba enloquecido, indignado, no podía entender lo que ocurría, simplemente porque no había nada que entender, se trataba de un absurdo. De todos modos, y a pesar de los esfuerzos, nada impidió el cumplimiento de la misión, y así fue que Horizonte fue brutalmente asesinado, sin ningún tipo de escrúpulos, aquel anochecer, sobre las bardas y a la vista de todo el valle, tomando el estatuto de un sacrificio por la prosperidad humana. Las pupilas del pueblo se dilataron y le regalaron al semidios un último brillo, acompañado por alguna lágrima inquieta y un vergonzoso silencio de culpa. Su cuerpo cayó al río, y fue arrastrado por éste hasta algún lugar desconocido. Apenas terminada la tormentosa ceremonia, ya nada dejó en dudas el inmenso poder de J., su omnipotencia; él era el rey ahora, el ángel, el semidios, la divinidad. El mutismo y las miradas bajas se multiplicaron en cuestión de segundos, y la calma (o el miedo) metió a todos en sus casas sin decir una palabra hasta el día siguiente.
Mi cólera era tal que, al día siguiente, no fui a trabajar y, sin decir nada, me dirigí al gran palacio que había construido J. del otro lado del río. No podía controlarme, estaba cargado de odio; pedí a los gritos, furioso, que me lo traigan, que quería hablar personalmente con él, entre insultos y manotazos. Nunca pensé bien en la consecuencia (Porque todo tiene consecuencias. Todo.) El pueblo jamás volvió a saber de mí, tal vez ni siquiera se preguntó porque desaparecí. Fui inmediatamente trasladado a este lugar, a la fuerza; fui encerrado y encadenado. Y hoy, mientras miro por esta pequeña ventana, me sigo preguntando lo mismo que aquella noche en la que matamos a Horizonte: “¿Hasta cuando podremos soportar la culpa de saber que pudiendo haberlo evitado, no hicimos nada?”.
F.G.V.
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miércoles, 1 de diciembre de 2010
Visita a la carpintería
Corría el año 1856. El olor a tierra mojada que venía desde el fondo del patio, mientras escuchaba trabajar a mamá en el pequeño almacén, se desparramaba por todo el pasillo de la vieja casucha y llegaba, intenso, a la pieza donde dormíamos mis cuatro hermanos y yo. Como pasaba siempre, cuando me levantaba; Pedro, José y el Rolo ya habían partido a la carpintería donde trabajaban junto a mi padre, y donde alguna vez tendría que ir yo, como el destino familiar lo indicaba, y sumarme al pequeño taller. Pancho, quién se quedaba en la casa conmigo, ya había sido advertido que dentro de poco tiempo, luego de que cumpliera los doce años, al igual que los demás, comenzaría a ir a trabajar. Tengo que confesar que, en mis adentros, me deshacía de ganas de a conocer aquel misterioso taller de carpintería, pasar más tiempo con mi padre y mis hermanos, sentirme uno más del grupo. Sin embargo, casi dos años me separaban de aquel momento, y mientras tanto, tenía que conformarme con ayudar a mi madre en el almacén, aunque sólo cuando se llenaba de clientes, ya que mi tarea consistía en vigilar disimuladamente, sentado en un pequeño cajón, que nadie se llevara cosas sin pagar.
Esas mañanas, al estar en plena primavera, el olor a tierra mojada venía mezclado con el suave y delicado aroma de las flores del naranjo, árbol que nos regalaba una fresca sombra bajo la cual degustábamos, junto a Pancho, nuestro jarro de leche en el desayuno, antes de que el movimiento en el almacén creciera y solicitara nuestra presencia. A decir verdad, mi hermano Pancho no era un muchacho muy inteligente, era de esas personas que hablaban todo el tiempo, de esos que en el barrio se los conoce como los “seca boina”; pero no era mal tipo, para nada, sólo se volvía cansador después de un rato. Era muy curioso, siempre tenía algo que contar, algo de qué hablar, y cuando se agotaba su variada lista de temas, sin darse cuenta, o tal vez sabiéndolo, repetía lo que ya había dicho, una y otra vez, sin importarle.
Mis días transcurrían así, rutinarios, jugando con los chicos de la cuadra, entre las pelotas de trapo, las escondidas, la mancha y la rayuela. Hurgábamos por todos lados, curioseábamos entre los asuntos de nuestros hermanos mayores, soñando con aquella adultez tan esperada y los pantalones largos que tanto deseábamos. De por sí, como lo fue siempre, era una lucha constante contra el aburrimiento que nunca tardaba en llegar. “Traten de no estar allí cuando el aburrimiento los alcance”, solía decirnos el Tito, viejo rancio y añejado que vivía al lado de nuestra casa, al vernos sentados ociosos en la vereda durante las eternas tardes siesteras de verano, cuando agotábamos nuestra creatividad inventando juegos que duraban menos que el dinero que jamás alcanzábamos a ahorrar.
Las noches eran el momento donde todos los integrantes de la familia nos veíamos las caras en el transcurso del día. Ver esos rostros cansados después de tanto trabajo me generaba cierta amargura, sobre todo porque sentía que no disfrutaban de ser “grandes”, algo que tanto anhelaba, y de ese modo se arraigaba, contrariamente, ese confuso deseo de no crecer jamás y ser niño por siempre. Cuando mamá cerraba el almacén, sin tomarse ni un descanso, ni siquiera unos minutos para cambiar el aire, se internaba de inmediato en la pequeña y calurosa cocina a preparar la comida para su hambriento ejército de hombres que llegarían al rato a devorarse todo lo que hubiera sobre la mesa. Los diálogos durante la cena no eran para nada profundos ni entretenidos; es más, el que más hablaba era Pancho, al cual le terminaban comiendo su porción de comida por charlatán.
Con respecto a mi padre, puedo decir que era un hombre serio, de esos que pareciera que van transformando la experiencia en pesimismo. A medida que los años iban pasando su seriedad se petrificaba más en su cara, eternizándose; a tal punto que la arruga que atravesaba horizontalmente su frente ya parecía un surco de lo profunda y marcada que estaba. Mi relación con él no era muy fluida, tal vez por ser el menor, tal vez porque aun no era mi tiempo de ir a la carpintería, no lo se; pero no era algo que me tuviera muy preocupado. Siempre las cosas habían sido así, y eso me tranquilizaba.
De repente, perdido entre los días de una semana cualquiera, y sin que me diera cuenta, pasó eso que inevitablemente sucedería: el olor a tierra mojada llegaba desde el patio aquella mañana, mientras escuchaba a mamá atender el almacén, y yo me despertaba como de costumbre, pero esta vez las cosas habrían de cambiar un poco. Al levantarme del catre me percaté de que Pancho, como se lo habían advertido tiempo atrás, partió a la carpintería junto a mi padre, el Pedro, el José y el Rolo. Era una situación bastante extraña sentir que todo el mundo crecía, se hacía adulto, comenzaba a ir a la carpintería, y uno se tenía que quedar en la casa porque “todavía es un niño”. Aquella mañana, tomar el jarro de leche bajo el naranjo, en el desayuno, sin el relato fatigante del Pancho, fue ameno, aunque tengo que admitir que, al menos por un instante, me sentí en soledad. Puede sonar algo pedante aquel pensamiento, lo sé; es feo quejarse de que no haya nada de qué quejarse, llega a transformarse en una actitud un tanto miserable, pero no me importaba, si para el mundo aún era un niño, pues sería un niño caprichoso, entonces.
A partir de aquella trágica mañana, de la que continuaron muchas demasiado parecidas, por no decir iguales; se instaló en mí una duda que hizo que me pregunte, a la vez, porqué no me lo había preguntado antes. Se trataba del pequeño taller de carpintería. Todos hablaban de él, en mi casa todos trabajaban ahí, incluso hasta el Tito, mi vecino, solía hablar de la carpintería, ya que frecuentemente iba a trabajar también allí; sin embargo, a pesar de ello, yo no la conocía. Ni siquiera tenía idea de donde quedaba aquel anónimo lugar del cual volvían por la noche todos agotados. Tan cansados regresaban al hogar que el pequeño Pancho ya ni hablaba, simplemente devoraba su porción de alimento y se marchaba a dormir. Comencé a darme cuenta de que estaban como mecanizados, como si fuesen marionetas que se desplazaban de un lugar a otro sin siquiera decir algo, como fantasmas.
De esta manera, carcomido por esa duda, mis días comenzaron a pasar sólo centrados en aquella intriga, y como estuve en el lugar exacto donde el aburrimiento pareció alcanzarme, en un intento altruista de liberarme de él, planeé una visita a la carpintería. No había nada que me interesara más en ese momento que saber lo que ocurría allí, conocer el lugar donde tendría que en un par de años, y a la vez, poder hacer algo con todo ese tiempo que me sobraba, y que por momentos convertía mis eternas tardes en siglos.
Fue así que aquel próximo amanecer dejé intencionalmente uno de los jarros de lata que usaba para desayunar al lado del catre de Pancho, para que al levantarse, conociendo su desmedida torpeza, lo tumbe y, de ese modo, despertarme al mismo tiempo que ellos. El ruido que hizo ese destartalado jarro después de la descuidada patada que le dio el bruto de mi hermano, no solo me despertó a mí, sino que estoy seguro que hasta el mismísimo Tito lo escuchó. Suspicazmente, y previendo todo, la noche anterior me había acostado vestido; así que, inmediatamente, cuando salieron rumbo al trabajo, los seguí de manera sigilosa, procurando que no me sorprendan durante el camino. Marchaban tan dormidos, sin haberse repuesto del agotamiento del día anterior, que jamás podrían haberse enterado de mi presencia. El camino era largo, por lo menos para mí que sólo estaba acostumbrado a llegar hasta la esquina, y donde, a partir de ahí, empezaba el mundo de lo desconocido. Cruzamos la estación de tren, el correo y la iglesia, hasta que por fin los vi entrar al que, aparentemente, era el lugar. Se trataba de un pequeño galpón, rodeado de tablas de madera y aserrín, que desde afuera, a decir verdad, y si no fuera por los tablones, no parecía una carpintería. Esperé un rato allí en la esquina, estudiando atentamente los movimientos, viendo los carros ir y venir, paseándose despreocupados a esas horas de la mañana. Estaba un poco asustado, no sólo porque jamás había andado solo dando vueltas por la ciudad, sino porque sabía que si me descubrían mi padre se enojaría mucho, incluso más que de costumbre, y esa terrible arruga que de por sí me ponía nervioso, se haría tan intensa que podría llegar a explotarle la cabeza. De todas maneras, y a pesar de eso, puedo decir que mucho no me importaba, estaba decidido a quitarme todas las dudas aunque se dieran cuenta de que allí estaba, y eso lo estaba demostrando.
Luego de un tiempo que consideré prudente esperar, me acerqué lentamente hacia una de las pequeñas ventanas que adornaban las gastadas paredes de adobe del viejo y sucio taller, y espié hacia adentro. No pude ver absolutamente nada, había tanto polvillo seco, quién sabe de cuando, pegado en el vidrio, que me fue imposible mirar hacia el interior. Entonces, multiplicada mi curiosidad, y con mucho cuidado, me dirigí hasta la destartalada tabla que hacía de puerta, y entré en puntas de pie a la misteriosa carpintería.
Allí, lo primero que visualicé fueron las herramientas sobre unos enormes bancos amurados al suelo; y todas las superficies y objetos cubiertos con aserrín. El olor a madera era muy intenso, y hasta delicioso por un momento, aunque, luego de un rato, se volviera un poco empalagoso. Di un par de vueltas por el lugar, curioseé por todos los rincones, sin encontrar a nadie, no estaban ni mi padre ni ninguno de mis hermanos. Tampoco quería hacer muy ruido ni tocar nada, porque, por supuesto, no pretendía que sepan que estaba allí. Vi, sobre uno de los costados, un enorme armario, al cual me acerqué, y al abrirlo, encontré muchas más herramientas y utensilios que seguramente utilizaban en el oficio. Estaban todas las cosas desparramadas por todos lados, muebles a medio terminar, como si hubiesen estado trabajando y, de un segundo a otro, dejaron las cosas sobre los bancos y se marcharon. Es más, el mango del serrucho todavía estaba tibio. La situación comenzó a preocuparme un poco con el paso del tiempo, y la intranquilidad por ser descubierto allí comenzó a desaparecer. Estaba seguro que los había visto entrar al galpón, y contrariamente a ello, no se encontraban ahí.
Un poco ansioso, tal vez, dudando sobro qué hacer, si volver a casa o esperar un rato más allí; me senté en un pequeño banquillo, y me quedé un rato así, observando un trozo de madera que había encontrado en el piso, mezclado entre otros, que a pesar de su forma de retazo, de sobrante, me llamaba la atención. Lo miré un largo rato intentando descifrar qué podía llegar a retratar su figura y, cuando ya comenzaba a aburrirme y estaba a punto de marcharme, escuché una carcajada bastante cargosa y un grupo de risas que, al instante, la acompañaron en forma de coro. “¿De donde viene aquel murmullo?”, me pregunté enseguida. Revisé debajo de los enormes bancos de trabajo, me asomé hacia fuera, pero no había nadie en ningún lado. Seguí husmeando, curioso, y así fue que encontré, tapada por el polvo que inundaba todo allí adentro, una pequeña puerta en el suelo, medio escondida, al costado del enorme mueble en el que se guardaban las herramientas, como si fuese una especie de recoveco oculto que conducía a un supuesto sótano. Al principio tuve un poco de miedo, pero a esa altura, nada era suficiente para acobardarme. Por lo tanto, valientemente la abrí, despacio, con cuidado, y descendí la tenebrosa escalerilla sin barandas que me llevó a un oscuro pasillo subterráneo, el cual se extendía unos cuantos metros, y en su pared final me mostraba otra puerta. Sin dudarlo, y con pasos largos pero lentos, atravesé el angosto pasadizo, teniendo cuidado de no tocar las paredes, y a medida que avanzaba, escuchaba más cerca y fuerte lo que antes eran risas y ahora voces que murmuraban, sin entender bien lo que decían.
De golpe, la duda me invadió. Si. Esa maldita duda que llega en el momento menos indicado, cuando uno está a mitad de camino. Me encontraba frente a esa puerta que pedía a gritos que la abra, a oscuras, agitado, y escuchando las voces que cuchicheaban del otro lado. Levanté mi mano derecha de manera un tanto insegura y tomé el frío picaporte redondo de bronce que, como si fuera un imán, no me dejó soltarlo. Aguardé unos minutos así y, lentamente, lo giré tirando, con un poco de fuerza, hacia mí, mientras la enigmática puerta se abría suavemente, permitiendo que unos perezosos rayos de luz golpearan contra mis ojos. Una tenue claridad roja iluminaba la habitación que continuaba al estrecho pasadizo del cual la portezuela me separaba ahora. Di unos pasitos temblorosos, asomándome silenciosamente, y allí, por fin, los encontré. Había una larga mesa de una forma un tanto rara, adornada con firuletes en las puntas, como si fuera de un estilo gótico o algo así; rodeada con sillas de respaldo alto, de forma similar. Allí estaban sentados mis hermanos, mi padre, y, en la punta de la misma, un anciano que nunca antes había visto. Parecían charlar distendidos, riendo de a ratos, mientras bebían algo en unos copones inmensos, un líquido rojizo que, de primer impresión, me pareció que podía tratarse de vino tinto.
Estuve a punto de marcharme, a esa altura había curioseado y visto mucho más de lo que pretendía, teniendo en cuenta que mi intención era solo conocer la carpintería; pero, movido por la adrenalina, no lo hice. Sigilosamente me escabullí entre unos enormes cajones que descansaban en los laterales del cuarto, intentando acercarme para ver de cerca al desconocido hombre que presidía la reunión, y además, escuchar de que hablaban tan entretenidos. Fue así que, en un intento excesivo y desmedido de acercarme lo más posible a la mesa, me llevé por delante una especie de vara de hierro que estaba apoyada en una de las paredes, y no tardé en ser descubierto. Me arrepentí tanto de no haberme ido antes, que la sensación es intransmisible: ya era demasiado tarde, no había forma de volver atrás.
Cuando mi padre me vio ahí parado, inmóvil, petrificado como cualquiera que es descubierto en una situación prohibida, hizo exactamente lo mismo. Se quedó boquiabierto, sorprendido por mi inesperada presencia en aquel depósito subterráneo, y no dijo palabra alguna. Mis hermanos, al igual que él, me miraron serios, atónitos, sosteniendo sus copones llenos de la enigmática sustancia roja. A su vez, el viejo, mostrando su molestia en la furiosa mirada que me dirigió, apenas movió la cabeza contrayendo filosamente sus gruesas y canosas cejas. Ahora que lo veía bien, completamente vestido de blanco, pude observar que estaba lleno de cadenas doradas en sus muñecas, mientras le colgaban de ellas unas piedras muy brillantes, del mismo modo que en su cuello, donde los grandes eslabones caían hasta su estómago. Era extremadamente tenebrosa toda la escena, por lo que, abandonando mi rudeza, empecé a llorar despacio, mientras la angustia me mordía la garganta y las tímidas lágrimas rodaban por mis mejillas como una especie de súplica.
Permanecí un instante allí siendo el blanco de sus sorprendidas miradas y, sin recibir ninguna orden ni mandato, de inmediato, mis hermanos y mi padre se acercaron a mí. Ilusamente abrí mis brazos, tranquilizándome un poco, buscando un abrazo como símbolo de disculpas, pero no pasó nada de eso, sino que, entre los cinco, me tomaron y me arrastraron a una especie de jaula donde me encerraron. Mis gritos y mis pedidos de piedad no fueron suficientes para ablandar sus corazones. Sabía que había cometido un error, una travesura, pero jamás pensé que podría ser para tanto. No entendía que sucedía, el viejo reía con mucho sarcasmo, soltando carcajadas monstruosas que lo único que hacían eran estremecerme y asustarme más todavía. Y en ese momento fue que pasó lo que jamás esperé, algo que nunca pensé que podría llegar a suceder, pero que le daba sentido a todo lo que había ocurrido desde que entré a ese lugar. El anciano tomó una especie de bastón, se puso de pié, y se acercó lentamente, con un movimiento jadeante, hasta la jaula donde me tenían prisionero; cerró los ojos y, levantando sus arrugadas manos, comenzó a hablar en un idioma extraño. Un viento salvaje irrumpió en el lugar, arrastrando todo, como si fuera una especie huracán, y unas alas de gárgola empezaron a salirle de la espalda mientras unos cuernos negros brotaban de su mollera. Luego de la horrible metamorfosis, el viejo ya no era un moribundo hombre con problemas para caminar, sino que ahora era el mismísimo demonio. Estaba ahí, delante de mí, con su macabra dentadura punzante y sus ojos enrojecidos, penetrantes. A su vez, mi padre y los demás, lucían, detrás de él, unas túnicas negras con unas capuchas gigantes que apenas permitían que se vieran sus rostros. De a poco comenzaba a entenderlo todo: mi familia era un grupo de gente que practicaba la magia negra, utilizando la carpintería como fachada de su terrible actividad. Mientras todo eso pasaba, yo no podía dejar de pensar qué harían conmigo ¿Me matarían? ¿Me sacrificarían? ¿Me transformarían en uno de ellos? No lo sabía, pero estaba aterrado.
A continuación, el diablo abrió la jaula y me hizo señas de que saliera. Obedecí sin vacilar, abandonando la celda despacio y asustado. En ese momento recordé que, en una de las charlas que ocupaban mis tardes de ocio junto a mi amigos, uno de ellos había dicho que si el diablo le besa la frente a un niño lo convierte en un ángel negro, al cual usará luego para cometer todas sus fechorías y crímenes en la tierra. Fue así, como me lo habían contado, que Lucifer tomó mi cabeza con sus garrudas manos y acercó sus escalofriantes labios para apoyarlos en mi frente. Observé, mientras tanto, que uno de mis hermanos ya tenía entre sus brazos una pequeña túnica, que seguramente estaría destinada para mí. Era el destino familiar, tal vez. Sin embargo, y a pesar de los intentos de lo esperado, el destino me tenía una última y verdadera sorpresa. Antes de que el demonio me besara finalmente la frente, un olor a tierra mojada inundó la habitación, del mismo modo que solía ocurrir en las mañanas, y una luz blanca resplandeció encandilando a todos, incluso a mí mismo, materializándose, allí, una mujer. No pude verla bien al principio, ya que quedé cegado por la brillante luminosidad con la que nos destelló a todos. Era una mujer rubia, con una sonrisa fresca y unos ojos verdosos que, al mirarlos, uno se sentía acariciado por la brisa del mar en otoño. Pude sentir como me relajaba, me distendía, a pesar de estar tomado todavía por las garras del diablo. No hizo falta que dijera nada, suspiró un par de veces, sonrió e hizo unos pases mágicos en el aire con sus manos, e inmediatamente comenzaron a brotar flores de diversos colores, y bellas plantas, del suelo y las paredes. Todo se llenaba de verde, de aromas dulces y embelesadoras fragancias florales. Fue muy hermoso esto último, experimenté una falta de preocupación tan radiante que me fue inevitable no hundirme en un profundo y extasiante sueño, como si flotara en el cielo, sobre las nubes, deslizándome entre locos arcoiris y el aroma del naranjo que, inmutable, me espera siempre en el patio de mi casa.
El olor a tierra mojada venía desde el fondo del patio mientras escuchaba a mamá trabajar en el almacén, invadía el pasillo y llegaba a mi modesta habitación. Experimentaba esa mágica sensación que la cotidianeidad no se resignaba a dejar de regalarme y, conociendo de qué se trataba la cosa ahora, sonreí acurrucado, hecho un bollo, entre las mantas, en la cama. Mi hada madrina estuvo siempre conmigo, desde el primer momento. No podía menos que reventar de felicidad. Descubrí que sólo se trata de buscarla, porque siempre está, en un perfume, en una canción, en un sabor, o en cualquiera de las cosas sencillas de la vida. Esa mañana tomé mi jarro de leche bajo el naranjo, como lo hacía siempre, y me fui a jugar a la pelota con mis amigos de la cuadra, tranquilo. Ya no tenía de que preocuparme, el destino todavía tenía que ser escrito.
(Dedicado a mi Hada Madrina. Todos tenemos una por ahí).
Esas mañanas, al estar en plena primavera, el olor a tierra mojada venía mezclado con el suave y delicado aroma de las flores del naranjo, árbol que nos regalaba una fresca sombra bajo la cual degustábamos, junto a Pancho, nuestro jarro de leche en el desayuno, antes de que el movimiento en el almacén creciera y solicitara nuestra presencia. A decir verdad, mi hermano Pancho no era un muchacho muy inteligente, era de esas personas que hablaban todo el tiempo, de esos que en el barrio se los conoce como los “seca boina”; pero no era mal tipo, para nada, sólo se volvía cansador después de un rato. Era muy curioso, siempre tenía algo que contar, algo de qué hablar, y cuando se agotaba su variada lista de temas, sin darse cuenta, o tal vez sabiéndolo, repetía lo que ya había dicho, una y otra vez, sin importarle.
Mis días transcurrían así, rutinarios, jugando con los chicos de la cuadra, entre las pelotas de trapo, las escondidas, la mancha y la rayuela. Hurgábamos por todos lados, curioseábamos entre los asuntos de nuestros hermanos mayores, soñando con aquella adultez tan esperada y los pantalones largos que tanto deseábamos. De por sí, como lo fue siempre, era una lucha constante contra el aburrimiento que nunca tardaba en llegar. “Traten de no estar allí cuando el aburrimiento los alcance”, solía decirnos el Tito, viejo rancio y añejado que vivía al lado de nuestra casa, al vernos sentados ociosos en la vereda durante las eternas tardes siesteras de verano, cuando agotábamos nuestra creatividad inventando juegos que duraban menos que el dinero que jamás alcanzábamos a ahorrar.
Las noches eran el momento donde todos los integrantes de la familia nos veíamos las caras en el transcurso del día. Ver esos rostros cansados después de tanto trabajo me generaba cierta amargura, sobre todo porque sentía que no disfrutaban de ser “grandes”, algo que tanto anhelaba, y de ese modo se arraigaba, contrariamente, ese confuso deseo de no crecer jamás y ser niño por siempre. Cuando mamá cerraba el almacén, sin tomarse ni un descanso, ni siquiera unos minutos para cambiar el aire, se internaba de inmediato en la pequeña y calurosa cocina a preparar la comida para su hambriento ejército de hombres que llegarían al rato a devorarse todo lo que hubiera sobre la mesa. Los diálogos durante la cena no eran para nada profundos ni entretenidos; es más, el que más hablaba era Pancho, al cual le terminaban comiendo su porción de comida por charlatán.
Con respecto a mi padre, puedo decir que era un hombre serio, de esos que pareciera que van transformando la experiencia en pesimismo. A medida que los años iban pasando su seriedad se petrificaba más en su cara, eternizándose; a tal punto que la arruga que atravesaba horizontalmente su frente ya parecía un surco de lo profunda y marcada que estaba. Mi relación con él no era muy fluida, tal vez por ser el menor, tal vez porque aun no era mi tiempo de ir a la carpintería, no lo se; pero no era algo que me tuviera muy preocupado. Siempre las cosas habían sido así, y eso me tranquilizaba.
De repente, perdido entre los días de una semana cualquiera, y sin que me diera cuenta, pasó eso que inevitablemente sucedería: el olor a tierra mojada llegaba desde el patio aquella mañana, mientras escuchaba a mamá atender el almacén, y yo me despertaba como de costumbre, pero esta vez las cosas habrían de cambiar un poco. Al levantarme del catre me percaté de que Pancho, como se lo habían advertido tiempo atrás, partió a la carpintería junto a mi padre, el Pedro, el José y el Rolo. Era una situación bastante extraña sentir que todo el mundo crecía, se hacía adulto, comenzaba a ir a la carpintería, y uno se tenía que quedar en la casa porque “todavía es un niño”. Aquella mañana, tomar el jarro de leche bajo el naranjo, en el desayuno, sin el relato fatigante del Pancho, fue ameno, aunque tengo que admitir que, al menos por un instante, me sentí en soledad. Puede sonar algo pedante aquel pensamiento, lo sé; es feo quejarse de que no haya nada de qué quejarse, llega a transformarse en una actitud un tanto miserable, pero no me importaba, si para el mundo aún era un niño, pues sería un niño caprichoso, entonces.
A partir de aquella trágica mañana, de la que continuaron muchas demasiado parecidas, por no decir iguales; se instaló en mí una duda que hizo que me pregunte, a la vez, porqué no me lo había preguntado antes. Se trataba del pequeño taller de carpintería. Todos hablaban de él, en mi casa todos trabajaban ahí, incluso hasta el Tito, mi vecino, solía hablar de la carpintería, ya que frecuentemente iba a trabajar también allí; sin embargo, a pesar de ello, yo no la conocía. Ni siquiera tenía idea de donde quedaba aquel anónimo lugar del cual volvían por la noche todos agotados. Tan cansados regresaban al hogar que el pequeño Pancho ya ni hablaba, simplemente devoraba su porción de alimento y se marchaba a dormir. Comencé a darme cuenta de que estaban como mecanizados, como si fuesen marionetas que se desplazaban de un lugar a otro sin siquiera decir algo, como fantasmas.
De esta manera, carcomido por esa duda, mis días comenzaron a pasar sólo centrados en aquella intriga, y como estuve en el lugar exacto donde el aburrimiento pareció alcanzarme, en un intento altruista de liberarme de él, planeé una visita a la carpintería. No había nada que me interesara más en ese momento que saber lo que ocurría allí, conocer el lugar donde tendría que en un par de años, y a la vez, poder hacer algo con todo ese tiempo que me sobraba, y que por momentos convertía mis eternas tardes en siglos.
Fue así que aquel próximo amanecer dejé intencionalmente uno de los jarros de lata que usaba para desayunar al lado del catre de Pancho, para que al levantarse, conociendo su desmedida torpeza, lo tumbe y, de ese modo, despertarme al mismo tiempo que ellos. El ruido que hizo ese destartalado jarro después de la descuidada patada que le dio el bruto de mi hermano, no solo me despertó a mí, sino que estoy seguro que hasta el mismísimo Tito lo escuchó. Suspicazmente, y previendo todo, la noche anterior me había acostado vestido; así que, inmediatamente, cuando salieron rumbo al trabajo, los seguí de manera sigilosa, procurando que no me sorprendan durante el camino. Marchaban tan dormidos, sin haberse repuesto del agotamiento del día anterior, que jamás podrían haberse enterado de mi presencia. El camino era largo, por lo menos para mí que sólo estaba acostumbrado a llegar hasta la esquina, y donde, a partir de ahí, empezaba el mundo de lo desconocido. Cruzamos la estación de tren, el correo y la iglesia, hasta que por fin los vi entrar al que, aparentemente, era el lugar. Se trataba de un pequeño galpón, rodeado de tablas de madera y aserrín, que desde afuera, a decir verdad, y si no fuera por los tablones, no parecía una carpintería. Esperé un rato allí en la esquina, estudiando atentamente los movimientos, viendo los carros ir y venir, paseándose despreocupados a esas horas de la mañana. Estaba un poco asustado, no sólo porque jamás había andado solo dando vueltas por la ciudad, sino porque sabía que si me descubrían mi padre se enojaría mucho, incluso más que de costumbre, y esa terrible arruga que de por sí me ponía nervioso, se haría tan intensa que podría llegar a explotarle la cabeza. De todas maneras, y a pesar de eso, puedo decir que mucho no me importaba, estaba decidido a quitarme todas las dudas aunque se dieran cuenta de que allí estaba, y eso lo estaba demostrando.
Luego de un tiempo que consideré prudente esperar, me acerqué lentamente hacia una de las pequeñas ventanas que adornaban las gastadas paredes de adobe del viejo y sucio taller, y espié hacia adentro. No pude ver absolutamente nada, había tanto polvillo seco, quién sabe de cuando, pegado en el vidrio, que me fue imposible mirar hacia el interior. Entonces, multiplicada mi curiosidad, y con mucho cuidado, me dirigí hasta la destartalada tabla que hacía de puerta, y entré en puntas de pie a la misteriosa carpintería.
Allí, lo primero que visualicé fueron las herramientas sobre unos enormes bancos amurados al suelo; y todas las superficies y objetos cubiertos con aserrín. El olor a madera era muy intenso, y hasta delicioso por un momento, aunque, luego de un rato, se volviera un poco empalagoso. Di un par de vueltas por el lugar, curioseé por todos los rincones, sin encontrar a nadie, no estaban ni mi padre ni ninguno de mis hermanos. Tampoco quería hacer muy ruido ni tocar nada, porque, por supuesto, no pretendía que sepan que estaba allí. Vi, sobre uno de los costados, un enorme armario, al cual me acerqué, y al abrirlo, encontré muchas más herramientas y utensilios que seguramente utilizaban en el oficio. Estaban todas las cosas desparramadas por todos lados, muebles a medio terminar, como si hubiesen estado trabajando y, de un segundo a otro, dejaron las cosas sobre los bancos y se marcharon. Es más, el mango del serrucho todavía estaba tibio. La situación comenzó a preocuparme un poco con el paso del tiempo, y la intranquilidad por ser descubierto allí comenzó a desaparecer. Estaba seguro que los había visto entrar al galpón, y contrariamente a ello, no se encontraban ahí.
Un poco ansioso, tal vez, dudando sobro qué hacer, si volver a casa o esperar un rato más allí; me senté en un pequeño banquillo, y me quedé un rato así, observando un trozo de madera que había encontrado en el piso, mezclado entre otros, que a pesar de su forma de retazo, de sobrante, me llamaba la atención. Lo miré un largo rato intentando descifrar qué podía llegar a retratar su figura y, cuando ya comenzaba a aburrirme y estaba a punto de marcharme, escuché una carcajada bastante cargosa y un grupo de risas que, al instante, la acompañaron en forma de coro. “¿De donde viene aquel murmullo?”, me pregunté enseguida. Revisé debajo de los enormes bancos de trabajo, me asomé hacia fuera, pero no había nadie en ningún lado. Seguí husmeando, curioso, y así fue que encontré, tapada por el polvo que inundaba todo allí adentro, una pequeña puerta en el suelo, medio escondida, al costado del enorme mueble en el que se guardaban las herramientas, como si fuese una especie de recoveco oculto que conducía a un supuesto sótano. Al principio tuve un poco de miedo, pero a esa altura, nada era suficiente para acobardarme. Por lo tanto, valientemente la abrí, despacio, con cuidado, y descendí la tenebrosa escalerilla sin barandas que me llevó a un oscuro pasillo subterráneo, el cual se extendía unos cuantos metros, y en su pared final me mostraba otra puerta. Sin dudarlo, y con pasos largos pero lentos, atravesé el angosto pasadizo, teniendo cuidado de no tocar las paredes, y a medida que avanzaba, escuchaba más cerca y fuerte lo que antes eran risas y ahora voces que murmuraban, sin entender bien lo que decían.
De golpe, la duda me invadió. Si. Esa maldita duda que llega en el momento menos indicado, cuando uno está a mitad de camino. Me encontraba frente a esa puerta que pedía a gritos que la abra, a oscuras, agitado, y escuchando las voces que cuchicheaban del otro lado. Levanté mi mano derecha de manera un tanto insegura y tomé el frío picaporte redondo de bronce que, como si fuera un imán, no me dejó soltarlo. Aguardé unos minutos así y, lentamente, lo giré tirando, con un poco de fuerza, hacia mí, mientras la enigmática puerta se abría suavemente, permitiendo que unos perezosos rayos de luz golpearan contra mis ojos. Una tenue claridad roja iluminaba la habitación que continuaba al estrecho pasadizo del cual la portezuela me separaba ahora. Di unos pasitos temblorosos, asomándome silenciosamente, y allí, por fin, los encontré. Había una larga mesa de una forma un tanto rara, adornada con firuletes en las puntas, como si fuera de un estilo gótico o algo así; rodeada con sillas de respaldo alto, de forma similar. Allí estaban sentados mis hermanos, mi padre, y, en la punta de la misma, un anciano que nunca antes había visto. Parecían charlar distendidos, riendo de a ratos, mientras bebían algo en unos copones inmensos, un líquido rojizo que, de primer impresión, me pareció que podía tratarse de vino tinto.
Estuve a punto de marcharme, a esa altura había curioseado y visto mucho más de lo que pretendía, teniendo en cuenta que mi intención era solo conocer la carpintería; pero, movido por la adrenalina, no lo hice. Sigilosamente me escabullí entre unos enormes cajones que descansaban en los laterales del cuarto, intentando acercarme para ver de cerca al desconocido hombre que presidía la reunión, y además, escuchar de que hablaban tan entretenidos. Fue así que, en un intento excesivo y desmedido de acercarme lo más posible a la mesa, me llevé por delante una especie de vara de hierro que estaba apoyada en una de las paredes, y no tardé en ser descubierto. Me arrepentí tanto de no haberme ido antes, que la sensación es intransmisible: ya era demasiado tarde, no había forma de volver atrás.
Cuando mi padre me vio ahí parado, inmóvil, petrificado como cualquiera que es descubierto en una situación prohibida, hizo exactamente lo mismo. Se quedó boquiabierto, sorprendido por mi inesperada presencia en aquel depósito subterráneo, y no dijo palabra alguna. Mis hermanos, al igual que él, me miraron serios, atónitos, sosteniendo sus copones llenos de la enigmática sustancia roja. A su vez, el viejo, mostrando su molestia en la furiosa mirada que me dirigió, apenas movió la cabeza contrayendo filosamente sus gruesas y canosas cejas. Ahora que lo veía bien, completamente vestido de blanco, pude observar que estaba lleno de cadenas doradas en sus muñecas, mientras le colgaban de ellas unas piedras muy brillantes, del mismo modo que en su cuello, donde los grandes eslabones caían hasta su estómago. Era extremadamente tenebrosa toda la escena, por lo que, abandonando mi rudeza, empecé a llorar despacio, mientras la angustia me mordía la garganta y las tímidas lágrimas rodaban por mis mejillas como una especie de súplica.
Permanecí un instante allí siendo el blanco de sus sorprendidas miradas y, sin recibir ninguna orden ni mandato, de inmediato, mis hermanos y mi padre se acercaron a mí. Ilusamente abrí mis brazos, tranquilizándome un poco, buscando un abrazo como símbolo de disculpas, pero no pasó nada de eso, sino que, entre los cinco, me tomaron y me arrastraron a una especie de jaula donde me encerraron. Mis gritos y mis pedidos de piedad no fueron suficientes para ablandar sus corazones. Sabía que había cometido un error, una travesura, pero jamás pensé que podría ser para tanto. No entendía que sucedía, el viejo reía con mucho sarcasmo, soltando carcajadas monstruosas que lo único que hacían eran estremecerme y asustarme más todavía. Y en ese momento fue que pasó lo que jamás esperé, algo que nunca pensé que podría llegar a suceder, pero que le daba sentido a todo lo que había ocurrido desde que entré a ese lugar. El anciano tomó una especie de bastón, se puso de pié, y se acercó lentamente, con un movimiento jadeante, hasta la jaula donde me tenían prisionero; cerró los ojos y, levantando sus arrugadas manos, comenzó a hablar en un idioma extraño. Un viento salvaje irrumpió en el lugar, arrastrando todo, como si fuera una especie huracán, y unas alas de gárgola empezaron a salirle de la espalda mientras unos cuernos negros brotaban de su mollera. Luego de la horrible metamorfosis, el viejo ya no era un moribundo hombre con problemas para caminar, sino que ahora era el mismísimo demonio. Estaba ahí, delante de mí, con su macabra dentadura punzante y sus ojos enrojecidos, penetrantes. A su vez, mi padre y los demás, lucían, detrás de él, unas túnicas negras con unas capuchas gigantes que apenas permitían que se vieran sus rostros. De a poco comenzaba a entenderlo todo: mi familia era un grupo de gente que practicaba la magia negra, utilizando la carpintería como fachada de su terrible actividad. Mientras todo eso pasaba, yo no podía dejar de pensar qué harían conmigo ¿Me matarían? ¿Me sacrificarían? ¿Me transformarían en uno de ellos? No lo sabía, pero estaba aterrado.
A continuación, el diablo abrió la jaula y me hizo señas de que saliera. Obedecí sin vacilar, abandonando la celda despacio y asustado. En ese momento recordé que, en una de las charlas que ocupaban mis tardes de ocio junto a mi amigos, uno de ellos había dicho que si el diablo le besa la frente a un niño lo convierte en un ángel negro, al cual usará luego para cometer todas sus fechorías y crímenes en la tierra. Fue así, como me lo habían contado, que Lucifer tomó mi cabeza con sus garrudas manos y acercó sus escalofriantes labios para apoyarlos en mi frente. Observé, mientras tanto, que uno de mis hermanos ya tenía entre sus brazos una pequeña túnica, que seguramente estaría destinada para mí. Era el destino familiar, tal vez. Sin embargo, y a pesar de los intentos de lo esperado, el destino me tenía una última y verdadera sorpresa. Antes de que el demonio me besara finalmente la frente, un olor a tierra mojada inundó la habitación, del mismo modo que solía ocurrir en las mañanas, y una luz blanca resplandeció encandilando a todos, incluso a mí mismo, materializándose, allí, una mujer. No pude verla bien al principio, ya que quedé cegado por la brillante luminosidad con la que nos destelló a todos. Era una mujer rubia, con una sonrisa fresca y unos ojos verdosos que, al mirarlos, uno se sentía acariciado por la brisa del mar en otoño. Pude sentir como me relajaba, me distendía, a pesar de estar tomado todavía por las garras del diablo. No hizo falta que dijera nada, suspiró un par de veces, sonrió e hizo unos pases mágicos en el aire con sus manos, e inmediatamente comenzaron a brotar flores de diversos colores, y bellas plantas, del suelo y las paredes. Todo se llenaba de verde, de aromas dulces y embelesadoras fragancias florales. Fue muy hermoso esto último, experimenté una falta de preocupación tan radiante que me fue inevitable no hundirme en un profundo y extasiante sueño, como si flotara en el cielo, sobre las nubes, deslizándome entre locos arcoiris y el aroma del naranjo que, inmutable, me espera siempre en el patio de mi casa.
El olor a tierra mojada venía desde el fondo del patio mientras escuchaba a mamá trabajar en el almacén, invadía el pasillo y llegaba a mi modesta habitación. Experimentaba esa mágica sensación que la cotidianeidad no se resignaba a dejar de regalarme y, conociendo de qué se trataba la cosa ahora, sonreí acurrucado, hecho un bollo, entre las mantas, en la cama. Mi hada madrina estuvo siempre conmigo, desde el primer momento. No podía menos que reventar de felicidad. Descubrí que sólo se trata de buscarla, porque siempre está, en un perfume, en una canción, en un sabor, o en cualquiera de las cosas sencillas de la vida. Esa mañana tomé mi jarro de leche bajo el naranjo, como lo hacía siempre, y me fui a jugar a la pelota con mis amigos de la cuadra, tranquilo. Ya no tenía de que preocuparme, el destino todavía tenía que ser escrito.
(Dedicado a mi Hada Madrina. Todos tenemos una por ahí).
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A las
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elementos punzantes, manchados con helado de fresa
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