Tranquilo, relajado y con aires de grandeza salí a la calle aquel día, sin saber que me esperaba aquello que, intuyendo que algún día pasaría, divisaba en otro momento de mi vida.
No se trataba de la muerte. Aunque algún día ella vendría inevitablemente, como parte misma del ciclo de la existencia. Siempre se la ve lejana, mal escondida tras los horizontes de la vejez, asomando medio cuerpo, la muy ingenua y evidente.
Tampoco se trataba del amor, que sin buscarlo llega, así de golpe el muy sinvergüenza, atrevido y desprejuiciado, invadiendo hasta los rincones más inhóspitos del alma, levantando el polvo de pensamientos enterrados y provocando un revuelo de ideas y sentimientos encontrados y desencontrados. Poniendo nuestro cuerpo como escudo de todo aquello, se prende un cubano y se camufla tras sus chascarrillos.
Aquello que me atacaría por asalto era, nada más ni nada menos, que la pérdida de mi sensatez. Algo que yo preveía que sucedería desde hacía tiempo, pero que esperaba que en otro momento. La cordura, de un segundo para otro y sin importarle nada, se suicidó ahí mismo, en su lugar de trabajo. A pesar que sabía que la muy puta me detestaba no entendía porqué llegó a semejante decisión. Si tengo que ser sincero, nunca nos llevamos bien, pero bueno, de algún modo era ella quién mantenía la casa de mis ideas en orden.
No hace falta ser un erudito, o tener una licenciatura en algo, para darse cuenta del quilombo que quedó acá. Ni si quiera es necesario entrar en detalles, ya el panorama general muestra lo difícil que es encontrar las puntas del ovillo de mi universo mental. Los simples hechos de no poder distinguir a las personas reales de las fantasías, los sueños de la vigilia, lo correcto de lo incorrecto, lo bueno de lo malo; por nombrar algunos, me demuestran constantemente la gravedad del asunto.
Mis movimientos cada vez más desarticulados, cada uno siguiendo un ritmo distinto, separados y aislados, hacen notar mi presencia desde lejos. Un cuerpo segmentado, desplazándose cada porción del mismo para lugares diferentes, y hasta opuestos, me transforman en una especie de marioneta torpe, sin gracia.
Los espejos ya no reflejan mi imagen. Este aspecto, producto de la descomposición provocada por los malos humores, es más que lamentable. Evidentemente fui consumido por el vicio de la locura, como una especie de cáncer del pensamiento, en cuestión de meses, y ya no hay forma de detenerlo.
Esta demencia me mantiene súper pirado todo el día, cargando un flor de chifle XL al mejor estilo “mochila”. No había dudas, me dejé arrastrar por el atractivo río de la falta de juicio, y ahora floto en una balsa de ideas atrofiadas hacia la perdición, mirando la luna y escuchándola cantar canciones de María Elena Walsh.
F.G.
viernes, 20 de marzo de 2009
domingo, 15 de marzo de 2009
ASÍ
Y así, sin darme cuenta, sin que nadie me lo preguntara, ya estaba adentro del juego. Un lugar donde la planificación y la estrategia, por perfectas que fueran, no tenían sentido. El azar reinaba por sobre todas la reglas, constituciones, decretos, ordenanzas y leyes físicas. Todo dependía de él. Cuando tomé conciencia ya había tirado los dados una decena de veces y lo que allí estaba sucediendo no dependía de mí, ni de nadie. La única forma de salir era que el juego acabara, pero el tiempo y las piezas sobre el tablero me susurraban al oído que faltaba demasiado, y solo tenía una opción: seguir jugando.
Un sistema casi perfecto, manteniéndome en vilo, preocupado y sin certezas. Los demás jugadores parecían ignorar toda la situación. Sus rostros paralizados, inmóviles, lo observaban todo. Intenté decírselos, pero no me lo permitieron. Nadie quería perder: nadie dejaba de jugar.
Evidentemente era yo, ya que ellos, despreocupados, festejaban sus rachas de suerte, mientras mis dados redondos no dejaban ni un minuto de girar, mareados y atolondrados, chocándose entre sí. La cosa siguió, y cada uno ocupándose de lo que le correspondía a su soberanía personal, no miraba al resto. Éramos varios, pero estábamos solos. Cada uno consigo mismo.
De ese modo, mientras algunos veían el triunfo tan cercano, arrancándose los ojos por una tonta ambición, perdimos. El juego se hizo infinito y quedamos todos agonizando allí, viéndonos morir. Un cubilete desfondado y las fichas desparramadas sobre la mesa son lo único que quedó de aquello que ni el propio azar pudo impedir. “La tristeza durará por siempre”, dijo el artista antes de partir con su pecho agujereado por un plomo: y así, sin darme cuenta, sin que nadie me lo preguntara, se metió en mis cuentos, con sus girasoles y su fracaso en vida, y no se fue nunca más.
F.G.
Un sistema casi perfecto, manteniéndome en vilo, preocupado y sin certezas. Los demás jugadores parecían ignorar toda la situación. Sus rostros paralizados, inmóviles, lo observaban todo. Intenté decírselos, pero no me lo permitieron. Nadie quería perder: nadie dejaba de jugar.
Evidentemente era yo, ya que ellos, despreocupados, festejaban sus rachas de suerte, mientras mis dados redondos no dejaban ni un minuto de girar, mareados y atolondrados, chocándose entre sí. La cosa siguió, y cada uno ocupándose de lo que le correspondía a su soberanía personal, no miraba al resto. Éramos varios, pero estábamos solos. Cada uno consigo mismo.
De ese modo, mientras algunos veían el triunfo tan cercano, arrancándose los ojos por una tonta ambición, perdimos. El juego se hizo infinito y quedamos todos agonizando allí, viéndonos morir. Un cubilete desfondado y las fichas desparramadas sobre la mesa son lo único que quedó de aquello que ni el propio azar pudo impedir. “La tristeza durará por siempre”, dijo el artista antes de partir con su pecho agujereado por un plomo: y así, sin darme cuenta, sin que nadie me lo preguntara, se metió en mis cuentos, con sus girasoles y su fracaso en vida, y no se fue nunca más.
F.G.
sábado, 28 de febrero de 2009
EL DILEMA DE CÓMO HACER PARA VOLVER
Había llegado a aquel viejo poblado una tarde de abril. Estaba de paso por ese sitio, solo por una noche. El carruaje que me llevaba de vuelta hacia Rosario había roto una de sus ruedas y debía esperar a que la reparen. Era un pueblo pequeño, un lugar de esos donde uno nunca piensa que puede llegar a encontrar algo interesante.
Me hospedaba en el único hotel que había. Una construcción con una arquitectura muy clásica, un poco abandonada. Sus pasillos eran tenebrosos y todo estaba bastante recubierto con tierra, como si hiciera siglos que no se limpiara. Pude darme cuenta que no pasaba mucha gente por allí, ya que cuando ingresé al viejo edificio la gente que trabaja ahí se puso toda a mi disposición. Me dieron la mejor habitación, una que tenía una gran ventana que permitía ver toda la pequeña ciudad. Esa noche me acosté temprano, estaba muy cansado y cuando llegara a mi destino sabía que no iba a estar tranquilo por mucho tiempo.
Al principio no podía conciliar el sueño. Era todo tan precario que no quería estar allí. De repente, cuando por fin pude empezar a dormitar, empecé a escuchar un piano a lo lejos que tocaba una triste melodía. Las notas desprendidas de su caja llegaban marchando con sus últimas fuerzas hasta mi habitación. Era una música hiriente, transportaba tanto dolor en sus compases que era inevitable conmoverse.
Por más que intenté dormirme, sin darle importancia al melancólico sonido, no pude. Tuve que sentarme en la cama porque mis ojos habían comenzado a llorar solos. Una angustia tan grande me había invadido que no me quedó otra alternativa que abrir la inmensa ventana para que circule un poco el aire y a la vez intentar descubrir de donde venía aquella catarsis en re menor. Divisé a lo lejos el lugar: era una pequeña casa humilde.
En realidad mi deseo era que saliera el sol, así podía irme de ese sitio lo mas rápido posible. Ya lo dice la famosa frase “En el polvo no hay oportunidad”; y es tal cual, esa gente nunca iba salir de la caverna. Como no podía descansar escuchando las notas de aquel triste pentagrama, no tardé mucho en vestirme y salir de allí rumbo al viejo y misterioso rancho musical.
Al principio me dio un poco de miedo ir a esas horas de la noche a caminar por ahí, pero mi curiosidad era mas grande. Mientras más me acercaba a la casucha, la melodía se escuchaba mejor y más potente en su sonar. Tengo que admitir que tardé bastante, mi pánico era indisimulable. Cuando me encontré frente a la puerta de la mugrosa y pobre vivienda, ya estaba inundado en llanto, la tristeza había invadido hasta el último rincón de mi alma y la angustia se hamacaba en mi cordura: me había deshecho. Toqué la puerta con apenas una pocas fuerzas y en cuanto el “toc-toc” fue percibido por el pianista se interrumpió su concierto nocturno y la música dejó de sonar. A los pocos minutos la tabla vieja y despintaba q tenía como puerta se abrió, y un señor muy viejo se asomó por detrás de ella. Estaba decrépito. Tenía una altura y una delgadez considerables y hasta extremas, y un rostro completamente arrugado. Sus arrugas eran tan marcadas y profundas que su cara parecía un mapa. A la vez, un olor a tabaco rancio y embotado irrumpió en mi nariz de una manera tan violenta que comencé a toser sin parar, mientras que al mismo tiempo lloraba sin consuelo, conmovido por su quehacer musical.
El viejo me vio así, quebrado emocionalmente, y me hizo pasar sin preguntarme nada. Tardé un poco en reintegrarme de aquel estado deplorable que presentaba y luego si me rompió ese silencio tan misterioso que invadía la sala.
-¿Quién es usted y que hace por aquí?- dijo con un hilo de voz, muy afónico.
-Yo no soy de aquí- respondí muy asustado, intentando disimular- Estoy de paso, me voy en una horas… y su música no me permitió descansar. Así que por eso vine a verlo.
-¿Y que es lo que quiere? ¿Que deje de tocar?- me retrucó el anciano.
-Por supuesto que sí- respondí irritado- Y además de todo eso, su música me angustia muchísimo… no puedo dejar de llorar cuando la oigo- le reproché enseguida.
-Es que no es precisamente música… es otra cosa ¿Ves algún piano en este lugar?
En ese momento un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, desde la cabeza hasta la punta de mis pies, al no ver ningún instrumento allí, ni nada parecido. Enseguida lo miré al hombre a los ojos y este no perdía su calma. Por un momento creí que estaba frente un loco, un psicótico… estaba muy confundido.
-¿Y qué era ese sonido que escuchaba?- pregunté alterado, muy nervioso- No entiendo…
Y el viejo se quedó callado. Caminó hasta un roñoso aparador que yacía en un rincón y encendió un pipa carboniza de tanto largar humo, se sentó en un destrozado sillón de cuero al que le colgaban los pedazos y me contó aquel curioso secreto. En su juventud él se enamoró de una hermosa mujer en la ciudad, una belleza sin igual que lo hizo feliz desde el primer momento que la vio. Se casaron y se fueron de la gran jungla de cemento que, según él, consumía lo mejor de la gente sin dejarle ni paz, ni amor, ni nada. La ambición reinaba por sobre todas las cosas. Y así, llegaron a ese pueblo cuando apenas era un pequeño asentamiento y desde aquel día vivía ahí. Pasaron unos pocos años felices hasta que ella se enfermó muy grave, algo fulminante, que se la llevó en cuestión de semanas. La tristeza fue gigante el día de su muerte, tan grande que para llevársela tuvo que hacerse presente uno de los mismísimos arcángeles, y presenciando semejante escena le concedió la posibilidad de que ella pueda volver en forma de melodía todas las noches hasta que por fin sea su hora se partir y entonces así estar juntos nuevamente. Y esa música que vuela por todo el pueblo es ella, haciendo llorar a todos, velando ese amor que se resiste a morir con el paso del tiempo.
Así, nos quedamos charlando con el añejado hombre hasta que el sol se paró por fin sobre el cielo. Me despedí, entonces, prometiendo volver a visitarlo y sabiendo que jamás lo volvería a ver. Salí rápido de la casucha rumbo al hotel para buscar mis cosas y retomar mi viaje de una vez por todas.
Unos años después quise volver al humilde pueblo con mi mujer, para mostrarle lo que me había pasado aquella vez, pero por más que lo busqué no pude encontrarlo. Jamás existió un poblado allí, me dijeron. Y todo volvía a empezar “¿Viste alguna casa por aquí?” me preguntó ella, al ver una planicie de tierra vacía. Y el escalofrío me recorría nuevamente todo el cuerpo, de la cabeza hasta los pies ¿Estaba, tal vez, frente a una loca, una psicótica?
F.G.
Me hospedaba en el único hotel que había. Una construcción con una arquitectura muy clásica, un poco abandonada. Sus pasillos eran tenebrosos y todo estaba bastante recubierto con tierra, como si hiciera siglos que no se limpiara. Pude darme cuenta que no pasaba mucha gente por allí, ya que cuando ingresé al viejo edificio la gente que trabaja ahí se puso toda a mi disposición. Me dieron la mejor habitación, una que tenía una gran ventana que permitía ver toda la pequeña ciudad. Esa noche me acosté temprano, estaba muy cansado y cuando llegara a mi destino sabía que no iba a estar tranquilo por mucho tiempo.
Al principio no podía conciliar el sueño. Era todo tan precario que no quería estar allí. De repente, cuando por fin pude empezar a dormitar, empecé a escuchar un piano a lo lejos que tocaba una triste melodía. Las notas desprendidas de su caja llegaban marchando con sus últimas fuerzas hasta mi habitación. Era una música hiriente, transportaba tanto dolor en sus compases que era inevitable conmoverse.
Por más que intenté dormirme, sin darle importancia al melancólico sonido, no pude. Tuve que sentarme en la cama porque mis ojos habían comenzado a llorar solos. Una angustia tan grande me había invadido que no me quedó otra alternativa que abrir la inmensa ventana para que circule un poco el aire y a la vez intentar descubrir de donde venía aquella catarsis en re menor. Divisé a lo lejos el lugar: era una pequeña casa humilde.
En realidad mi deseo era que saliera el sol, así podía irme de ese sitio lo mas rápido posible. Ya lo dice la famosa frase “En el polvo no hay oportunidad”; y es tal cual, esa gente nunca iba salir de la caverna. Como no podía descansar escuchando las notas de aquel triste pentagrama, no tardé mucho en vestirme y salir de allí rumbo al viejo y misterioso rancho musical.
Al principio me dio un poco de miedo ir a esas horas de la noche a caminar por ahí, pero mi curiosidad era mas grande. Mientras más me acercaba a la casucha, la melodía se escuchaba mejor y más potente en su sonar. Tengo que admitir que tardé bastante, mi pánico era indisimulable. Cuando me encontré frente a la puerta de la mugrosa y pobre vivienda, ya estaba inundado en llanto, la tristeza había invadido hasta el último rincón de mi alma y la angustia se hamacaba en mi cordura: me había deshecho. Toqué la puerta con apenas una pocas fuerzas y en cuanto el “toc-toc” fue percibido por el pianista se interrumpió su concierto nocturno y la música dejó de sonar. A los pocos minutos la tabla vieja y despintaba q tenía como puerta se abrió, y un señor muy viejo se asomó por detrás de ella. Estaba decrépito. Tenía una altura y una delgadez considerables y hasta extremas, y un rostro completamente arrugado. Sus arrugas eran tan marcadas y profundas que su cara parecía un mapa. A la vez, un olor a tabaco rancio y embotado irrumpió en mi nariz de una manera tan violenta que comencé a toser sin parar, mientras que al mismo tiempo lloraba sin consuelo, conmovido por su quehacer musical.
El viejo me vio así, quebrado emocionalmente, y me hizo pasar sin preguntarme nada. Tardé un poco en reintegrarme de aquel estado deplorable que presentaba y luego si me rompió ese silencio tan misterioso que invadía la sala.
-¿Quién es usted y que hace por aquí?- dijo con un hilo de voz, muy afónico.
-Yo no soy de aquí- respondí muy asustado, intentando disimular- Estoy de paso, me voy en una horas… y su música no me permitió descansar. Así que por eso vine a verlo.
-¿Y que es lo que quiere? ¿Que deje de tocar?- me retrucó el anciano.
-Por supuesto que sí- respondí irritado- Y además de todo eso, su música me angustia muchísimo… no puedo dejar de llorar cuando la oigo- le reproché enseguida.
-Es que no es precisamente música… es otra cosa ¿Ves algún piano en este lugar?
En ese momento un escalofrío recorrió todo mi cuerpo, desde la cabeza hasta la punta de mis pies, al no ver ningún instrumento allí, ni nada parecido. Enseguida lo miré al hombre a los ojos y este no perdía su calma. Por un momento creí que estaba frente un loco, un psicótico… estaba muy confundido.
-¿Y qué era ese sonido que escuchaba?- pregunté alterado, muy nervioso- No entiendo…
Y el viejo se quedó callado. Caminó hasta un roñoso aparador que yacía en un rincón y encendió un pipa carboniza de tanto largar humo, se sentó en un destrozado sillón de cuero al que le colgaban los pedazos y me contó aquel curioso secreto. En su juventud él se enamoró de una hermosa mujer en la ciudad, una belleza sin igual que lo hizo feliz desde el primer momento que la vio. Se casaron y se fueron de la gran jungla de cemento que, según él, consumía lo mejor de la gente sin dejarle ni paz, ni amor, ni nada. La ambición reinaba por sobre todas las cosas. Y así, llegaron a ese pueblo cuando apenas era un pequeño asentamiento y desde aquel día vivía ahí. Pasaron unos pocos años felices hasta que ella se enfermó muy grave, algo fulminante, que se la llevó en cuestión de semanas. La tristeza fue gigante el día de su muerte, tan grande que para llevársela tuvo que hacerse presente uno de los mismísimos arcángeles, y presenciando semejante escena le concedió la posibilidad de que ella pueda volver en forma de melodía todas las noches hasta que por fin sea su hora se partir y entonces así estar juntos nuevamente. Y esa música que vuela por todo el pueblo es ella, haciendo llorar a todos, velando ese amor que se resiste a morir con el paso del tiempo.
Así, nos quedamos charlando con el añejado hombre hasta que el sol se paró por fin sobre el cielo. Me despedí, entonces, prometiendo volver a visitarlo y sabiendo que jamás lo volvería a ver. Salí rápido de la casucha rumbo al hotel para buscar mis cosas y retomar mi viaje de una vez por todas.
Unos años después quise volver al humilde pueblo con mi mujer, para mostrarle lo que me había pasado aquella vez, pero por más que lo busqué no pude encontrarlo. Jamás existió un poblado allí, me dijeron. Y todo volvía a empezar “¿Viste alguna casa por aquí?” me preguntó ella, al ver una planicie de tierra vacía. Y el escalofrío me recorría nuevamente todo el cuerpo, de la cabeza hasta los pies ¿Estaba, tal vez, frente a una loca, una psicótica?
F.G.
martes, 16 de diciembre de 2008
La Espera
La tarde caía mientras el sol apenas asomaba su calva cabeza en el horizonte, pintando el cielo de un color cobrizo. Él la esperaba otra tarde de verano, como hacía años lo venía haciendo, en el mismo banco de la plaza donde se despidieron. La expresión de angustia en su cara lo decía todo: estaba desahuciado, molesto. La realidad le dictaba su veredicto una vez más, ella no iba a regresar, y aunque no pueda aceptarlo, hacía demasiado tiempo ya que su ausencia se había hecho más verdadera y duradera que cualquier otra cosa. Las promesas del regreso se las había llevado el viento, como se la llevó a ella también. Sin embargo, ese viento omnipotente y todopoderoso no había podido arrancársela del corazón, allí donde echó raíces su amor.
Su vida era “esperarla”. Vivía para esperarla, y a la vez esperaba para poder vivir. Todas sus tardes eran oscuras, y ella era la luz que le permitía seguir siendo algo: algo que sufre, pero algo al fin.
En aquel lugar se despidieron, jurando volver a verse. Era tan complicado todo. Presos de situaciones particulares, habían logrado estar en el momento equivocado, en el lugar equivocado. Desde entonces, desde aquella tarde de enero, él vuelve todos los días a esperarla.
Sin embargo, aquella tarde especial, donde el sol asomaba su calva cabeza en el horizonte y pintaba el cielo de un color cobrizo, pasó algo realmente sorprendente. Su camisa a cuadros, sin planchar, como de costumbre, y su gastado pantalón parecían no incomodarlo. Él esperaba quieto y tranquilo, soportando el calor, cuando una bandada de pájaros lo rodeó. Al principio le trajeron un poco de su perfume, de su aroma, en el aire. Ellos lo venían observando desde el principio y no soportaron verlo allí, muriendo de a poco, entonces la fueron a buscar… la buscaron y la encontraron. Estaba viviendo en otro mundo, iluminada por otros soles, muy feliz, y sin recordarlo. Él, al principio, se quedó mudo, como lo hacía siempre, y después sus ojos se pusieron brillosos, soltando una lágrima como alguien que no quiere desprenderse de algo que quiere. Esa gota de sufrimiento rodó por su mejilla hasta el borde de su cara y cayó al suelo, transformándolo en un ave, igual a las que lo rodeaban.
Así, aquella tarde donde el sol ya no asomaba su calva cabeza, y donde el cielo se volvía oscuro, él pudo ser otra cosa. Pudo soltar sus ataduras, ser libre y volar.
Su vida era “esperarla”. Vivía para esperarla, y a la vez esperaba para poder vivir. Todas sus tardes eran oscuras, y ella era la luz que le permitía seguir siendo algo: algo que sufre, pero algo al fin.
En aquel lugar se despidieron, jurando volver a verse. Era tan complicado todo. Presos de situaciones particulares, habían logrado estar en el momento equivocado, en el lugar equivocado. Desde entonces, desde aquella tarde de enero, él vuelve todos los días a esperarla.
Sin embargo, aquella tarde especial, donde el sol asomaba su calva cabeza en el horizonte y pintaba el cielo de un color cobrizo, pasó algo realmente sorprendente. Su camisa a cuadros, sin planchar, como de costumbre, y su gastado pantalón parecían no incomodarlo. Él esperaba quieto y tranquilo, soportando el calor, cuando una bandada de pájaros lo rodeó. Al principio le trajeron un poco de su perfume, de su aroma, en el aire. Ellos lo venían observando desde el principio y no soportaron verlo allí, muriendo de a poco, entonces la fueron a buscar… la buscaron y la encontraron. Estaba viviendo en otro mundo, iluminada por otros soles, muy feliz, y sin recordarlo. Él, al principio, se quedó mudo, como lo hacía siempre, y después sus ojos se pusieron brillosos, soltando una lágrima como alguien que no quiere desprenderse de algo que quiere. Esa gota de sufrimiento rodó por su mejilla hasta el borde de su cara y cayó al suelo, transformándolo en un ave, igual a las que lo rodeaban.
Así, aquella tarde donde el sol ya no asomaba su calva cabeza, y donde el cielo se volvía oscuro, él pudo ser otra cosa. Pudo soltar sus ataduras, ser libre y volar.
jueves, 27 de noviembre de 2008
El Hombre Nuevo
El “Hombre Nuevo”. Suena bien. Uno lo puede leer muchas veces, puede repetirlo en voz alta y hasta sentir eso que produce cuando uno lo oye. Pero ¿Qué quiere decir? No es solo un sustantivo adjetivado esperando que le pongan un verbo para que pueda ser algo más. El Hombre Nuevo es más de lo que dicen esas once letras acomodadas una detrás de la otra. Esas dos palabras juntas, sin importar el orden, dicen tantas cosas que no le hace falta verbo alguno, porque él mismo es acción en su esencia.
Hombre del futuro, forjado en la fragua de la justicia con las herramientas de la moral y la ética, estructurado en la vanguardia guerrillera, generador de conciencia revolucionaria y entusiasmo combativo.
Hombre que quiere nacer todos los días en nosotros, pero que muere diariamente en su estado más embrionario. Sepultado por ilusiones, fantasías y deseos sustentados en la realidad más irreal pensable. Hombre que intenta ver la luz, pero es abortado por una sociedad que no lo deja ser, una sociedad anticonceptiva que potencia la individualidad y la ignorancia, transformando el río de la humanidad en una zanja de agua estancada, sin vida.
Hombre que se constituye como tal en su acción, en su praxis. Impensable, inacabado.
Si dejáramos que éste eche raíces en nosotros y pueda florecer: eso si sería una primavera.
Hombre del futuro, forjado en la fragua de la justicia con las herramientas de la moral y la ética, estructurado en la vanguardia guerrillera, generador de conciencia revolucionaria y entusiasmo combativo.
Hombre que quiere nacer todos los días en nosotros, pero que muere diariamente en su estado más embrionario. Sepultado por ilusiones, fantasías y deseos sustentados en la realidad más irreal pensable. Hombre que intenta ver la luz, pero es abortado por una sociedad que no lo deja ser, una sociedad anticonceptiva que potencia la individualidad y la ignorancia, transformando el río de la humanidad en una zanja de agua estancada, sin vida.
Hombre que se constituye como tal en su acción, en su praxis. Impensable, inacabado.
Si dejáramos que éste eche raíces en nosotros y pueda florecer: eso si sería una primavera.
miércoles, 12 de noviembre de 2008
DESGRACIA
Ella tocó mi puerta, como muchas otras desgracias lo hicieron antes; y siempre que una desgracia tocó mi puerta, abrí. Allí estaba, parada, fija y sonriendo. Traía una cajita en su mano. Supuse desde el principio que venía a llevarse mi corazón. Solo me miraba y sonreía. La hice pasar. Le ofrecí algo de tomar. Mientras dejaba la cajita sobre la mesa me dijo que tenía calor. Se quitó la piel y la dejó en el perchero. Yo amagué a subir el aire acondicionado, pero como recordé que no tenía, encendí el ventilador de techo. Fue un error no haber tenido en cuenta su altura. Cuando las paletas comenzaron a girar ¡¡¡PAFFFF!!! Voló su cabeza contra el macetero, cayendo sobre unas plantas. Comenzó a gritar y a hacer escándalo. Estaba muy enojada. De repente empezó a hablar en un idioma muy raro. Mi cabeza se atrofió y estaba que estallaba. Mis pies parecían derretirse. El dolor se me hacía cada vez más fuerte. Ella se acercó a mí y con un golpe muy violento incrustó su mano en mi pecho. Revolvió un rato con sus dedos, con mucha paciencia. El tiempo pasaba y empezaba a preocuparse. Siguió buscando hasta que se dio cuenta de que lo que había venido a buscar ya se lo habían llevado. Se paró de un salto, tomó su cabeza, su piel, la pequeña caja y se marchó. Yo tardé en reintegrarme. Me dio mucha risa en ese momento. Ella que quería mi pequeño e inservible corazón, y yo lo había cambiado la semana pasada por un poco de AMOR. Todavía me quedaba un poco en la bolsa, pero no sabía que iba a hacer cuando se me termine.
miércoles, 8 de octubre de 2008
Entrevista al Dr. Sigmund Freud
"El valor de la vida"
Esta entrevista fue concedida al periodista George Sylvester Viereck en 1926 en la casa de Sigmund Freud en los alpes suizos.
Se creía perdida pero en realidad se encontró que había sido publicada en el volumen de "Psychoanalysis and the Fut", en New York en 1957.
Fue traducida del ingles al portugués por Paulo César Souza y al castellano por Miguel Angel Arce.
S. Freud: Setenta años me enseñaron a aceptar la vida con serena humildad.
Quien habla es el profesor Sigmund Freud, el gran explorador del alma. El escenario de nuestra conversación fue en su casa de verano en Semmering, una montaña de los alpes austríacos. Yo había visto el país del psicoanalisis por última vez en su modesta casa de la capital austríaca. Los pocos años transcurridos entre mi última visita y la actual, multiplicaron las arrugas de su frente. Intensificaron la palidez de sabio. Su rostro estaba tenso, como si sintiese dolor. Su mente estaba alerta, su espíritu firme, su cortesía impecable como siempre, pero un ligero impedimento en su habla me perturbó. Parece que un tumor maligno en el maxilar superior tuvo que ser operado. Desde entonces Freud usa una prótesis, lo cual es una constante irritación para él.
S. Freud: Detesto mi maxilar mecánico, porque la lucha con este aparato me consume mucha energía preciosa. Pero prefiero esto a no tener ningún maxilar. Aún así prefiero la existencia a la extinción. Tal vez los dioses sean gentiles con nosotros, tornandonos la vida más desagradable a medida que envejecemos. Por fin, la muerte nos parece menos intolerable que los fardos que cargamos.
(Freud se rehúsa a admitir que el destino le reserva algo especial).
S. Freud: ¿Por qué (dice calmamente) debería yo esperar un tratamiento especial? La vejez, con sus arrugas, llega para todos. Yo no me revelo contra el orden universal. Finalmente, después de setenta años, tuve lo bastante para comer. Aprecié muchas cosas -en compañía de mi mujer, mis hijos- el calor del sol. Observé las plantas que crecen en primavera. De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer?
George Sylvester Viereck: El señor tiene una fama. Su obra prima influye en la literatura de cada país. Los hombres miran la vida y a sí mismos con otros ojos, por causa de este señor. Recientemente, en el septuagésimo aniversario, el mundo se unió para homenajearlo, con excepción de su propia universidad.
S. Freud: Si la Universidad de Viena me demostrase reconocimiento, me sentiría incómodo. No hay razón en aceptarme a mi o a mi obra porque tengo setenta años. Yo no atribuyo importancia insensata a los decimales. La fama llega cuando morimos y, francamente, lo que ven después no me interesa. No aspiro a la gloria póstuma. Mi virtud no es la modestia.
George Sylvester Viereck: ¿No significa nada el hecho de que su nombre va a perdurar?
S. Freud: Absolutamente nada, es lo mismo que perdure o que nada sea cierto. Estoy más bien preocupado por el destino de mis hijos. Espero que sus vidas no sean difíciles. No puedo ayudarlos mucho. La guerra practicamente liquidó mis poseciones, lo que había adquirido durante mi vida. Pero me puedo dar por satisfecho. El trabajo es mi fortuna.
(Estabamos subiendo y descendiendo una pequeña elevación de tierra en el jardín de su casa. Freud acarició tiernamente un arbusto que florecía)
S. Freud: Estoy mucho más interesado en este capullo de lo que me pueda acontecer despues de estar muerto.
George Sylvester Viereck: ¿Entonces, el señor es, al final, un profundo pesimista?
S. Freud: No, no lo soy. No permito que ninguna reflexión filosófica complique mi fluidez con las cosas simples de la vida.
George Sylvester Viereck: ¿Usted cree en la persistencia de la personalidad después de la muerte, de la forma que sea?
S. Freud: No pienso en eso. Todo lo que vive perece. ¿Por qué deberia el hombre constituir una excepción?
George Sylvester Viereck: ¿Le gustaría retornar en alguna forma, ser rescatado del polvo? ¿Usted no tiene, en otras palabras, deseo de inmortalidad?
S. Freud: Sinceramente no. Si la gente reconoce los motivos egoístas detrás de la conducta humana, no tengo el más mínimo deseo de retornar a la vida; moviendose en un círculo, sería siempre la misma. Más allá de eso, si el eterno retorno de las cosas, para usar la expresión de Nietzsche, nos dotase nuevamente de nuestra carnalidad y lo que involucra, ¿para qué serviría sin memoria? No habría vínculo entre entre el pasado y el futuro. Por lo que me toca, estoy perfectamente satisfecho en saber que el eterno aborrecimiento de vivir finalmente pasará. Nuestra vida es necesariamente una serie de compromisos, una lucha interminable entre el ego y su ambiente. El deseo de prolongar la vida excesivamente me parece absurdo.
George Sylvester Viereck: Bernard Shaw sustenta que vivimos muy poco. El encuentra que el hombre puede prolongar la vida si asi lo desea, llevando su voluntad a actuar sobre las fuerzas de la evolución. El cree que la humanidad puede recuperar la longevidad de los patriarcas.
S. Freud: Es posible que la muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque deseamos morir. Asi como el amor o el odio por una persona viven en nuestro pecho al mismo tiempo, asi también toda la vida conjuga el deseo de la propia destrucción. Del mismo modo como un pequeño elástico tiende a asumir la forma original, así también toda materia viva, conciente o inconcientemente, busca readquirir la completa, la absoluta inercia de la existencia inorgánica. El impulso de vida o el impulso de muerte habitan lado a lado dentro nuestro. La muerte es la compañera del Amor. Ellos juntos rigen el mundo. Esto es lo que dice mi libro: "Más allá del principio del placer" En el comienzo del psicoanalisis se suponía que el Amor tenía toda la importancia. Ahora sabemos que la Muerte es igualmente importante. Biológicamente, todo ser vivo, no importa cuán intensamente la vida arda dentro de él, ansía el Nirvana, la cesación de la "fiebre llamada vivir". El deseo puede ser encubierto por digresiones, no obstante, el objetivo último de la vida es la propia extinción.
George Sylvester Viereck: Esto es la filosofía de la autodestrucción. Ella justifica el auto-exterminio. Llevaría logicamente al suicidio universal imaginado por Eduard Von Hartmann.
S. Freud: La humanidad no escoge el suicidio porque la ley de su ser desaprueba la via directa para su fin. La vida tiene que completar su ciclo de existencia. En todo ser normal, la pulsión de vida es fuerte, lo bastante para contrabalancear la pulsión de muerte, pero en el final, ésta resulta más fuerte. Podemos entretenernos con la fantasía de que la muerte nos llega por nuestra propia voluntad. Sería más posible que no pudiéramos vencer a la muerte porque en realidad ella es un aliado dentro de nosotros. En este sentido (añadió Freud con una sonrisa) puede ser justificado decir que toda muerte es un suicidio disfrazado.
(Estaba haciendo frio en el jardín. Continuamos la conversación en el gabinete. Vi una pila de manuscritos sobre la mesa, con la caligrafia clara de Freud).
George Sylvester Viereck: ¿En qué está trabajando el señor Freud?
S. Freud: Estoy escribiendo una defensa del análisis lego, del psicoanálisis practicado por los legos. Los doctores quieren establecer al análisis ilegal para los no-médicos. La historia, esa vieja plagiadora, se repite después de cada descubrimiento. Los doctores combaten cada nueva verdad en el comienzo. Después procuran monopolizarla.
George Sylvester Viereck: ¿Usted tuvo mucho apoyo de los legos?
S. Freud: Algunos de mis mejores discípulos son legos.
George Sylvester Viereck: ¿El Señor Freud está practicando mucho psicoanálisis?
S. Freud: Ciertamente. En este momento estoy trabajando en un caso muy difícil, intentando desatar conflictos psíquicos de un interesante paciente nuevo. Mi hija también es psicoanalista como usted puede ver....
(En ese momento apareció Miss Anna Freud, acompañada por su paciente, un muchacho de once años de facciones inconfundiblemente anglosajonas)
George Sylvester Viereck: ¿Usted ya se analizó a sí mismo?
S. Freud: Ciertamente. El psicoanalista debe constantemente analizarse a sí mismo. Analizándonos a nosotros mismos, estamos más capacitados para analizar a otros. El psicoanalista es como un chivo expiatorio de los hebreos, los otros descargan sus pecados sobre él. El debe practicar su arte a la perfección para liberarse de los fardos cargados sobre él.
George Sylvester Viereck: Mi impresión es de que el psicoanálisis despierta en todos los que lo practican el espíritu de la caridad cristiana. Nada existe en la vida humana que el psicoanálisis no nos pueda hacer comprender. "Tout comprendre c'est tou pardonner".
S. Freud: Por el contrario (acusó Freud sus facciones asumiento la severidad de un profeta hebreo), comprender todo no es perdonar todo. El análisis nos enseña apenas lo que podemos soportar, pero también lo que podemos evitar. El análisis nos dice lo que debe ser eliminado. La tolerancia con el mal no es de manera alguna corolario del conocimiento.
(Comprendí súbitamente por qué Freud había litigado con sus seguidores que lo habían abandonado, porque él no perdona disentir del recto camino de la ortodoxia psicoanalítica. Su sentido de lo que es recto es herencia de sus ancestros. Una herencia de la que él se enorgullece como se enorgullece de su raza).
S. Freud: Mi lengua es el alemán. Mi cultura, mi realización es alemana. Yo me considero un intelectual alemán, hasta que percibí el crecimiento del preconcepto anti-semita en Alemania y en Austria. Desde entonces prefiero considerarme judío.
(Quedé algo desconcertado con esta observación. Me parecía que el espíritu de Freud debería vivir en las alturas más allá de cualquier preconcepto de razas, que él debería ser inmune a cualquier rencor personal. Entanto no precisamente a su indignación, a su honesta ira, se volvía más atrayente como ser humano. ¡Aquiles sería intolerable si no fuese por su talón!)
George Sylvester Viereck: Me pone contento, Herr Profesor, de que también el señor tenga sus complejos, de que también el señor Freud demuestre que es un mortal!
S. Freud: Nuestros complejos son la fuente de nuestra debilidad; pero con frecuencia, son también la fuente de nuestra fuerza.
George Sylvester Viereck: Imagino, observo, ¡cuáles serían mis complejos!
S. Freud: Un análisis serio dura más o menos un año. Puede durar igualmente dos o tres años. Usted está dedicando muchos años de su vida la "caza de los leones". Usted procuró siempre a las personas destacadas de su generación: Roosevelt, El Emperador, Hindenburgh, Briand, Foch, Joffre, Georg Bernard Shaw....
George Sylvester Viereck: Es parte de mi trabajo.
S. Freud: Pero también es su preferencia. El gran hombre es un símbolo. Su búsqueda es la búsqueda de su corazón. Usted también está procurando al gran hombre para tomar el lugar de su padre. Es parte del complejo del padre.
(Negué vehementemente la afirmación de Freud. Mientras tanto, reflexionando sobre eso, me parece que puede haber una verdad, no sospechada por mi, en su sugestión casual. Puede ser lo mismo que el impulso que me llevó a él)
George Sylvester Viereck: Me gustaría, observé después de un momento, poder quedarme aquí lo bastante para vislumbrar mi corazón a través de sus ojos. ¡Tal vez, como la Medusa, yo muriese de pavor al ver mi propia imagen! Aún cuando no confío en estar muy informado sobre psicoanálisis, frecuentemente anticiparía o tentaría anticipar sus intenciones.
S. Freud: La inteligencia en un paciente no es un impedimento. Por el contrario, muchas veces facilita el trabajo.
(En este punto el maestro del psicoanálisis difiere bastante de sus seguidores, que no gustan mucho de la seguridad del paciente que tienen bajo su supervisión)
George Sylvester Viereck: A veces imagino si no seríamos más felices si supiésemos menos de los procesos que dan forma a nuestros pensamientos y emociones. El psicoanálisis le roba a la vida su último encanto, al relacionar cada sentimiento a su original grupo de complejos. No nos volvemos más alegres descubriendo que todos abrigamos al criminal o al animal.
S. Freud: ¿Qué objeción puede haber contra los animales? Yo prefiero la compañía de los animales a la compañía humana.
George Sylvester Viereck: ¿Por qué?
S. Freud: Porque son más simples. No sufren de una personalidad dividida, de la desintegración del ego, que resulta de la tentativa del hombre de adaptarse a los patrones de civilización demasiado elevados para su mecanismo intelectual y psíquico. El salvaje, como el animal es cruel, pero no tiene la maldad del hombre civilizado. La maldad es la venganza del hombre contra la sociedad, por las restricciones que ella impone. Las más desagradables características del hombre son generadas por ese ajuste precario a una civilización complicada. Es el resultado del conflicto entre nuestros instintos y nuestra cultura. Mucho más desagradables que las emociones simples y directas de un perro, al mover su cola, o al ladrar expresando su displacer. Las emociones del perro (añadió Freud pensativamente), nos recuerdan a los héroes de la antigüedad. Tal vez sea esa la razón por la que inconcientemente damos a nuestros perros nombres de héroes como Aquiles o Héctor.
George Sylvester Viereck: Mi cachorro es un doberman Pinscher llamado Ájax.
S. Freud: (sonriendo) Me contenta saber que no pueda leer. ¡El sería ciertamente, el miembro menos querido de la casa, si pudiese ladrar sus opiniones sobre los traumas psíquicos y el complejo de Edipo!
George Sylvester Viereck: Aún usted, profesor, sueña la existencia compleja por demás. Entanto me parece que el señor sea en parte responsable por las complejidades de la civilización moderna. Antes que usted inventase el psicoanálisis, no sabíamos que nuestra personalidad es dominada por una hueste beligerante de complejos cuestionables. El psicoanálisis vuelve a la vida como un rompecabezas complicado.
S. Freud: De ninguna manera. El psicoanálisis vuelve a la vida más simple. Adquirimos una nueva síntesis despues del análisis. El psicoanálisis reordena el enmarañado de impulsos dispersos, procura enrrollarlos en torno a su carretel. O, modificando la metáfora, el psicoanálisis suministra el hilo que conduce a la persona fuera del laberinto de su propio inconciente.
George Sylvester Viereck: Al menos en la superficie, pues la vida humana nunca fue mas compleja. Cada día una nueva idea propuesta por usted o por sus discípulos, vuelven un problema de la conducta humana más intrigante y más contradictorio.
S. Freud: El psicoanálisis por lo menos, jamás cierra la puerta a una nueva verdad.
George Sylvester Viereck: Algunos de sus discípulos, más ortodoxos que usted, se apegan a cada pronunciamiento que sale de su boca.
S. Freud: La vida cambia. El psicoanálisis también cambia. Estamos apenas en el comienzo de una nueva ciencia.
George Sylvester Viereck: La estructura científica que usted levanta me parece ser mucho más elaborada. Sus fundamentos -la teoría del "desplazamiento", de la "sexualidad infantil", de los "simbolismos de los sueños", etc- parecen permanentes.
S. Freud: Yo repito, pues, que estamos apenas en el inicio. Yo apenas soy un iniciador. Conseguí desenterrar monumentos enterrados en los sustratos de la mente. Pero allí donde yo descubrí algunos templos, otros podrán descubrir continentes.
George Sylvester Viereck: ¿Usted siempre pone el énfasis sobre todo en el sexo?
S. Freud: Respondo con las palabras de su propio poeta, Walt Whitman: "Más todo faltaría si faltase el sexo" (Yet all were lacking, if sex were lacking). Mientras tanto, ya le expliqué que ahora pongo el énfasis casi igual en aquello que está "más allá" del placer -la muerte, la negociación de la vida. Este deseo explica por qué algunos hombres aman al dolor -como un paso para el aniquilamiento! Explica por qué los poetas agradecen a:
Whatever gods there be,
That no life lives forever
And even the weariest river
Wind somewhere safe to sea.
"Cualesquiera dioses que existan
Que la vida ninguna viva para siempre
Que los muertos jamás se levanten
Y también el río más cansado
Desagüe tranquilo en el mar"
George Sylvester Viereck: Shaw, como usted, no desea vivir para siempre, pero a diferencia de usted, él considera al sexo carente de interés.
S. Freud: (Sonriendo) Shaw no comprende al sexo. El no tiene ni la más remota concepción del amor. No hay un verdadero caso amoroso en ninguna de sus piezas. El hace humoradas del amor de Julio César -tal vez la mayor pasión de la historia. Deliberadamente, tal vez maliciosamente, él despoja a Cleopatra de toda grandeza, relegándola a una simple e insignificante muchacha. La razón para la extraña actitud de Shaw frente al amor, por su negación del movil de todas las cosas humanas, que emanan de sus piezas el clamor universal, a pesar de su enorme alcance intelectual, es inherente a su psicología. En uno de sus prefacios, él mismo enfatiza el rasgo ascético de su temperamento. Yo puedo estar errado en muchas cosas, pero estoy seguro de que no erré al enfatizar la importancia del instinto sexual. Por ser tan fuerte, choca siempre con las convenciones y salvaguardas de la civilización. La humanidad, en una especie de autodefensa procura su propia importancia. Si usted raspa a un ruso, dice el proverbio, aparece el tártaro sobre la piel. Analice cualquier emoción humana, no importa cuán distante esté de la esfera de la sexualidad, y usted encontrará ese impulso primordial al cual la propia vida debe su perpetuidad.
George Sylvester Viereck: Usted, sin duda, fue bien seguido al transmitir ese punto de vista a los escritores modernos. El psicoanálisis dió nuevas intensidades a la literatura.
S. Freud: También recibí mucho de la literatura y la filosofía. Nietzche fue uno de los primeros psicoanalistas. Es sorprendente ver hasta qué punto su intuición preanuncia las novedades descubiertas. Ninguno se percató más profundamente de los motivos duales de la conducta humana, y de la insistencia del principio del placer en predominar indefinidamente que él. El Zaratustra dice: "El dolor grita: ¡Va! Pero el placer quiere eternidad Pura, profundamente eternidad". El psicoanalisis puede ser menos discutido en Austria y en Alemania que en los Estados Unidos, su influencia en la literatura es inmensa por lo tanto. Thomas Mann y Hugo Von Hofmannsthak mucho nos deben a nosotros. Schnitzler recorre un sendero que es, en gran medida, paralela a mi propio desarrollo. El expresa poeticamente lo que yo intento comunicar científicamente. Pero el Dr. Schnitzle no es ni siquiera un poeta, es también un científico.
George Sylvester Viereck: Usted no sólo es un científico, también es un poeta. La literatura americana está impregnada de psicoanálisis. Hupert Hughes, Harvrey O'Higgins y otros, son sus intérpretes. Es casi imposible abrir una nueva novela sin encontrar alguna referencia al psicoanálisis. Entre los dramaturgos Eugene O'Neill y Sydney Howard tienen una gran deuda con usted. "The Silver Cord" por ejemplo, es simplemente una dramatización del complejo de Edipo.
S. Freud: Yo sé y entiendo el cumplido que hay en esa afirmación. Pero, tengo cierta desconfianza de mi popularidad en los Estados Unidos. El interés americano por el psicoanálisis no se profundiza. La popularización lo lleva a la aceptación sin que se lo estudie seriamente. Las personas apenas repiten las frases que aprenden en el teatro o en las revistas. Creen comprender algo del psicoanálisis porque juegan con su argot. Yo prefiero la ocupación intensa con el psicoanálisis, tal como ocurre en los centros europeos, aunque Estados Unidos fue el primer país en reconocerme oficialmente.
La Clark University me concedió un diploma honorario cuando yo siempre fui ignorado en Europa. Mientras tanto, Estados Unidos hace pocas contribuciones originales al psicoanálisis.
Los americanos son jugadores inteligentes, raramente pensadores creativos. Los médicos en los Estados Unidos, y ocasionalmente tambien en Europa, tratan de monopolizar para sí al psicoanálisis. Pero sería un peligro para el psicoanálisis dejarlo exclusivamente en manos de los médicos, pues una formación estrictamente médica es con frecuencia, un impedimento para el psicoanálisis. Es siempre un impedimento cuando ciertas concepciones científicas tradicionales están arraigadas en el cerebro.
¡Freud tiene que decir la verdad a cualquier precio! El no puede obligarse a sí mismo a agradar a Estados Unidos donde están la mayoría de sus seguidores. A pesar de su rudeza, Freud es la urbanidad en persona. El oye pacientemente cada intervención, procurando nunca intimidar al entrevistador. Raro es el visitante que se aleja de su presencia sin un presente, alguna señal de hospitalidad!
Había oscurecido. Era tiempo de tomar el tren de vuelta a la ciudad que una vez cobijara el esplendor imperial de los Habsburgos. Acompañado de su esposa y de su hija, Freud desciende los escalones que lo alejan de su refugio en la montaña a la calle para verme partir. El me pareció cansado y triste al darme el adiós.
"No me haga parecer un pesimista -dice Freud después de un apretón de manos. Yo no tengo desprecio por el mundo.
Expresar desdén por el mundo es apenas otra forma de cortejarlo, de ganar audiencia y aplauso.
¡No, yo no soy un pesimista, en tanto tenga a mis hijos, mi mujer y mis flores!
No soy infelíz, al menos no más infelíz que otros".
El silbato de mi tren sonó en la noche. El automóvil me conducía rápidamente para la estación. Apenas logro ver ligeramente curvado y la cabeza grisácea de Sigmund Freud que desaparecen en la distancia....
George Sylvester Viereck
periodista del "Journal of Psichology"
año 1926 publicada en N.York en 1957
Esta entrevista fue concedida al periodista George Sylvester Viereck en 1926 en la casa de Sigmund Freud en los alpes suizos.
Se creía perdida pero en realidad se encontró que había sido publicada en el volumen de "Psychoanalysis and the Fut", en New York en 1957.
Fue traducida del ingles al portugués por Paulo César Souza y al castellano por Miguel Angel Arce.
S. Freud: Setenta años me enseñaron a aceptar la vida con serena humildad.
Quien habla es el profesor Sigmund Freud, el gran explorador del alma. El escenario de nuestra conversación fue en su casa de verano en Semmering, una montaña de los alpes austríacos. Yo había visto el país del psicoanalisis por última vez en su modesta casa de la capital austríaca. Los pocos años transcurridos entre mi última visita y la actual, multiplicaron las arrugas de su frente. Intensificaron la palidez de sabio. Su rostro estaba tenso, como si sintiese dolor. Su mente estaba alerta, su espíritu firme, su cortesía impecable como siempre, pero un ligero impedimento en su habla me perturbó. Parece que un tumor maligno en el maxilar superior tuvo que ser operado. Desde entonces Freud usa una prótesis, lo cual es una constante irritación para él.
S. Freud: Detesto mi maxilar mecánico, porque la lucha con este aparato me consume mucha energía preciosa. Pero prefiero esto a no tener ningún maxilar. Aún así prefiero la existencia a la extinción. Tal vez los dioses sean gentiles con nosotros, tornandonos la vida más desagradable a medida que envejecemos. Por fin, la muerte nos parece menos intolerable que los fardos que cargamos.
(Freud se rehúsa a admitir que el destino le reserva algo especial).
S. Freud: ¿Por qué (dice calmamente) debería yo esperar un tratamiento especial? La vejez, con sus arrugas, llega para todos. Yo no me revelo contra el orden universal. Finalmente, después de setenta años, tuve lo bastante para comer. Aprecié muchas cosas -en compañía de mi mujer, mis hijos- el calor del sol. Observé las plantas que crecen en primavera. De vez en cuando tuve una mano amiga para apretar. En otra ocasión encontré un ser humano que casi me comprendió. ¿Qué más puedo querer?
George Sylvester Viereck: El señor tiene una fama. Su obra prima influye en la literatura de cada país. Los hombres miran la vida y a sí mismos con otros ojos, por causa de este señor. Recientemente, en el septuagésimo aniversario, el mundo se unió para homenajearlo, con excepción de su propia universidad.
S. Freud: Si la Universidad de Viena me demostrase reconocimiento, me sentiría incómodo. No hay razón en aceptarme a mi o a mi obra porque tengo setenta años. Yo no atribuyo importancia insensata a los decimales. La fama llega cuando morimos y, francamente, lo que ven después no me interesa. No aspiro a la gloria póstuma. Mi virtud no es la modestia.
George Sylvester Viereck: ¿No significa nada el hecho de que su nombre va a perdurar?
S. Freud: Absolutamente nada, es lo mismo que perdure o que nada sea cierto. Estoy más bien preocupado por el destino de mis hijos. Espero que sus vidas no sean difíciles. No puedo ayudarlos mucho. La guerra practicamente liquidó mis poseciones, lo que había adquirido durante mi vida. Pero me puedo dar por satisfecho. El trabajo es mi fortuna.
(Estabamos subiendo y descendiendo una pequeña elevación de tierra en el jardín de su casa. Freud acarició tiernamente un arbusto que florecía)
S. Freud: Estoy mucho más interesado en este capullo de lo que me pueda acontecer despues de estar muerto.
George Sylvester Viereck: ¿Entonces, el señor es, al final, un profundo pesimista?
S. Freud: No, no lo soy. No permito que ninguna reflexión filosófica complique mi fluidez con las cosas simples de la vida.
George Sylvester Viereck: ¿Usted cree en la persistencia de la personalidad después de la muerte, de la forma que sea?
S. Freud: No pienso en eso. Todo lo que vive perece. ¿Por qué deberia el hombre constituir una excepción?
George Sylvester Viereck: ¿Le gustaría retornar en alguna forma, ser rescatado del polvo? ¿Usted no tiene, en otras palabras, deseo de inmortalidad?
S. Freud: Sinceramente no. Si la gente reconoce los motivos egoístas detrás de la conducta humana, no tengo el más mínimo deseo de retornar a la vida; moviendose en un círculo, sería siempre la misma. Más allá de eso, si el eterno retorno de las cosas, para usar la expresión de Nietzsche, nos dotase nuevamente de nuestra carnalidad y lo que involucra, ¿para qué serviría sin memoria? No habría vínculo entre entre el pasado y el futuro. Por lo que me toca, estoy perfectamente satisfecho en saber que el eterno aborrecimiento de vivir finalmente pasará. Nuestra vida es necesariamente una serie de compromisos, una lucha interminable entre el ego y su ambiente. El deseo de prolongar la vida excesivamente me parece absurdo.
George Sylvester Viereck: Bernard Shaw sustenta que vivimos muy poco. El encuentra que el hombre puede prolongar la vida si asi lo desea, llevando su voluntad a actuar sobre las fuerzas de la evolución. El cree que la humanidad puede recuperar la longevidad de los patriarcas.
S. Freud: Es posible que la muerte en sí no sea una necesidad biológica. Tal vez morimos porque deseamos morir. Asi como el amor o el odio por una persona viven en nuestro pecho al mismo tiempo, asi también toda la vida conjuga el deseo de la propia destrucción. Del mismo modo como un pequeño elástico tiende a asumir la forma original, así también toda materia viva, conciente o inconcientemente, busca readquirir la completa, la absoluta inercia de la existencia inorgánica. El impulso de vida o el impulso de muerte habitan lado a lado dentro nuestro. La muerte es la compañera del Amor. Ellos juntos rigen el mundo. Esto es lo que dice mi libro: "Más allá del principio del placer" En el comienzo del psicoanalisis se suponía que el Amor tenía toda la importancia. Ahora sabemos que la Muerte es igualmente importante. Biológicamente, todo ser vivo, no importa cuán intensamente la vida arda dentro de él, ansía el Nirvana, la cesación de la "fiebre llamada vivir". El deseo puede ser encubierto por digresiones, no obstante, el objetivo último de la vida es la propia extinción.
George Sylvester Viereck: Esto es la filosofía de la autodestrucción. Ella justifica el auto-exterminio. Llevaría logicamente al suicidio universal imaginado por Eduard Von Hartmann.
S. Freud: La humanidad no escoge el suicidio porque la ley de su ser desaprueba la via directa para su fin. La vida tiene que completar su ciclo de existencia. En todo ser normal, la pulsión de vida es fuerte, lo bastante para contrabalancear la pulsión de muerte, pero en el final, ésta resulta más fuerte. Podemos entretenernos con la fantasía de que la muerte nos llega por nuestra propia voluntad. Sería más posible que no pudiéramos vencer a la muerte porque en realidad ella es un aliado dentro de nosotros. En este sentido (añadió Freud con una sonrisa) puede ser justificado decir que toda muerte es un suicidio disfrazado.
(Estaba haciendo frio en el jardín. Continuamos la conversación en el gabinete. Vi una pila de manuscritos sobre la mesa, con la caligrafia clara de Freud).
George Sylvester Viereck: ¿En qué está trabajando el señor Freud?
S. Freud: Estoy escribiendo una defensa del análisis lego, del psicoanálisis practicado por los legos. Los doctores quieren establecer al análisis ilegal para los no-médicos. La historia, esa vieja plagiadora, se repite después de cada descubrimiento. Los doctores combaten cada nueva verdad en el comienzo. Después procuran monopolizarla.
George Sylvester Viereck: ¿Usted tuvo mucho apoyo de los legos?
S. Freud: Algunos de mis mejores discípulos son legos.
George Sylvester Viereck: ¿El Señor Freud está practicando mucho psicoanálisis?
S. Freud: Ciertamente. En este momento estoy trabajando en un caso muy difícil, intentando desatar conflictos psíquicos de un interesante paciente nuevo. Mi hija también es psicoanalista como usted puede ver....
(En ese momento apareció Miss Anna Freud, acompañada por su paciente, un muchacho de once años de facciones inconfundiblemente anglosajonas)
George Sylvester Viereck: ¿Usted ya se analizó a sí mismo?
S. Freud: Ciertamente. El psicoanalista debe constantemente analizarse a sí mismo. Analizándonos a nosotros mismos, estamos más capacitados para analizar a otros. El psicoanalista es como un chivo expiatorio de los hebreos, los otros descargan sus pecados sobre él. El debe practicar su arte a la perfección para liberarse de los fardos cargados sobre él.
George Sylvester Viereck: Mi impresión es de que el psicoanálisis despierta en todos los que lo practican el espíritu de la caridad cristiana. Nada existe en la vida humana que el psicoanálisis no nos pueda hacer comprender. "Tout comprendre c'est tou pardonner".
S. Freud: Por el contrario (acusó Freud sus facciones asumiento la severidad de un profeta hebreo), comprender todo no es perdonar todo. El análisis nos enseña apenas lo que podemos soportar, pero también lo que podemos evitar. El análisis nos dice lo que debe ser eliminado. La tolerancia con el mal no es de manera alguna corolario del conocimiento.
(Comprendí súbitamente por qué Freud había litigado con sus seguidores que lo habían abandonado, porque él no perdona disentir del recto camino de la ortodoxia psicoanalítica. Su sentido de lo que es recto es herencia de sus ancestros. Una herencia de la que él se enorgullece como se enorgullece de su raza).
S. Freud: Mi lengua es el alemán. Mi cultura, mi realización es alemana. Yo me considero un intelectual alemán, hasta que percibí el crecimiento del preconcepto anti-semita en Alemania y en Austria. Desde entonces prefiero considerarme judío.
(Quedé algo desconcertado con esta observación. Me parecía que el espíritu de Freud debería vivir en las alturas más allá de cualquier preconcepto de razas, que él debería ser inmune a cualquier rencor personal. Entanto no precisamente a su indignación, a su honesta ira, se volvía más atrayente como ser humano. ¡Aquiles sería intolerable si no fuese por su talón!)
George Sylvester Viereck: Me pone contento, Herr Profesor, de que también el señor tenga sus complejos, de que también el señor Freud demuestre que es un mortal!
S. Freud: Nuestros complejos son la fuente de nuestra debilidad; pero con frecuencia, son también la fuente de nuestra fuerza.
George Sylvester Viereck: Imagino, observo, ¡cuáles serían mis complejos!
S. Freud: Un análisis serio dura más o menos un año. Puede durar igualmente dos o tres años. Usted está dedicando muchos años de su vida la "caza de los leones". Usted procuró siempre a las personas destacadas de su generación: Roosevelt, El Emperador, Hindenburgh, Briand, Foch, Joffre, Georg Bernard Shaw....
George Sylvester Viereck: Es parte de mi trabajo.
S. Freud: Pero también es su preferencia. El gran hombre es un símbolo. Su búsqueda es la búsqueda de su corazón. Usted también está procurando al gran hombre para tomar el lugar de su padre. Es parte del complejo del padre.
(Negué vehementemente la afirmación de Freud. Mientras tanto, reflexionando sobre eso, me parece que puede haber una verdad, no sospechada por mi, en su sugestión casual. Puede ser lo mismo que el impulso que me llevó a él)
George Sylvester Viereck: Me gustaría, observé después de un momento, poder quedarme aquí lo bastante para vislumbrar mi corazón a través de sus ojos. ¡Tal vez, como la Medusa, yo muriese de pavor al ver mi propia imagen! Aún cuando no confío en estar muy informado sobre psicoanálisis, frecuentemente anticiparía o tentaría anticipar sus intenciones.
S. Freud: La inteligencia en un paciente no es un impedimento. Por el contrario, muchas veces facilita el trabajo.
(En este punto el maestro del psicoanálisis difiere bastante de sus seguidores, que no gustan mucho de la seguridad del paciente que tienen bajo su supervisión)
George Sylvester Viereck: A veces imagino si no seríamos más felices si supiésemos menos de los procesos que dan forma a nuestros pensamientos y emociones. El psicoanálisis le roba a la vida su último encanto, al relacionar cada sentimiento a su original grupo de complejos. No nos volvemos más alegres descubriendo que todos abrigamos al criminal o al animal.
S. Freud: ¿Qué objeción puede haber contra los animales? Yo prefiero la compañía de los animales a la compañía humana.
George Sylvester Viereck: ¿Por qué?
S. Freud: Porque son más simples. No sufren de una personalidad dividida, de la desintegración del ego, que resulta de la tentativa del hombre de adaptarse a los patrones de civilización demasiado elevados para su mecanismo intelectual y psíquico. El salvaje, como el animal es cruel, pero no tiene la maldad del hombre civilizado. La maldad es la venganza del hombre contra la sociedad, por las restricciones que ella impone. Las más desagradables características del hombre son generadas por ese ajuste precario a una civilización complicada. Es el resultado del conflicto entre nuestros instintos y nuestra cultura. Mucho más desagradables que las emociones simples y directas de un perro, al mover su cola, o al ladrar expresando su displacer. Las emociones del perro (añadió Freud pensativamente), nos recuerdan a los héroes de la antigüedad. Tal vez sea esa la razón por la que inconcientemente damos a nuestros perros nombres de héroes como Aquiles o Héctor.
George Sylvester Viereck: Mi cachorro es un doberman Pinscher llamado Ájax.
S. Freud: (sonriendo) Me contenta saber que no pueda leer. ¡El sería ciertamente, el miembro menos querido de la casa, si pudiese ladrar sus opiniones sobre los traumas psíquicos y el complejo de Edipo!
George Sylvester Viereck: Aún usted, profesor, sueña la existencia compleja por demás. Entanto me parece que el señor sea en parte responsable por las complejidades de la civilización moderna. Antes que usted inventase el psicoanálisis, no sabíamos que nuestra personalidad es dominada por una hueste beligerante de complejos cuestionables. El psicoanálisis vuelve a la vida como un rompecabezas complicado.
S. Freud: De ninguna manera. El psicoanálisis vuelve a la vida más simple. Adquirimos una nueva síntesis despues del análisis. El psicoanálisis reordena el enmarañado de impulsos dispersos, procura enrrollarlos en torno a su carretel. O, modificando la metáfora, el psicoanálisis suministra el hilo que conduce a la persona fuera del laberinto de su propio inconciente.
George Sylvester Viereck: Al menos en la superficie, pues la vida humana nunca fue mas compleja. Cada día una nueva idea propuesta por usted o por sus discípulos, vuelven un problema de la conducta humana más intrigante y más contradictorio.
S. Freud: El psicoanálisis por lo menos, jamás cierra la puerta a una nueva verdad.
George Sylvester Viereck: Algunos de sus discípulos, más ortodoxos que usted, se apegan a cada pronunciamiento que sale de su boca.
S. Freud: La vida cambia. El psicoanálisis también cambia. Estamos apenas en el comienzo de una nueva ciencia.
George Sylvester Viereck: La estructura científica que usted levanta me parece ser mucho más elaborada. Sus fundamentos -la teoría del "desplazamiento", de la "sexualidad infantil", de los "simbolismos de los sueños", etc- parecen permanentes.
S. Freud: Yo repito, pues, que estamos apenas en el inicio. Yo apenas soy un iniciador. Conseguí desenterrar monumentos enterrados en los sustratos de la mente. Pero allí donde yo descubrí algunos templos, otros podrán descubrir continentes.
George Sylvester Viereck: ¿Usted siempre pone el énfasis sobre todo en el sexo?
S. Freud: Respondo con las palabras de su propio poeta, Walt Whitman: "Más todo faltaría si faltase el sexo" (Yet all were lacking, if sex were lacking). Mientras tanto, ya le expliqué que ahora pongo el énfasis casi igual en aquello que está "más allá" del placer -la muerte, la negociación de la vida. Este deseo explica por qué algunos hombres aman al dolor -como un paso para el aniquilamiento! Explica por qué los poetas agradecen a:
Whatever gods there be,
That no life lives forever
And even the weariest river
Wind somewhere safe to sea.
"Cualesquiera dioses que existan
Que la vida ninguna viva para siempre
Que los muertos jamás se levanten
Y también el río más cansado
Desagüe tranquilo en el mar"
George Sylvester Viereck: Shaw, como usted, no desea vivir para siempre, pero a diferencia de usted, él considera al sexo carente de interés.
S. Freud: (Sonriendo) Shaw no comprende al sexo. El no tiene ni la más remota concepción del amor. No hay un verdadero caso amoroso en ninguna de sus piezas. El hace humoradas del amor de Julio César -tal vez la mayor pasión de la historia. Deliberadamente, tal vez maliciosamente, él despoja a Cleopatra de toda grandeza, relegándola a una simple e insignificante muchacha. La razón para la extraña actitud de Shaw frente al amor, por su negación del movil de todas las cosas humanas, que emanan de sus piezas el clamor universal, a pesar de su enorme alcance intelectual, es inherente a su psicología. En uno de sus prefacios, él mismo enfatiza el rasgo ascético de su temperamento. Yo puedo estar errado en muchas cosas, pero estoy seguro de que no erré al enfatizar la importancia del instinto sexual. Por ser tan fuerte, choca siempre con las convenciones y salvaguardas de la civilización. La humanidad, en una especie de autodefensa procura su propia importancia. Si usted raspa a un ruso, dice el proverbio, aparece el tártaro sobre la piel. Analice cualquier emoción humana, no importa cuán distante esté de la esfera de la sexualidad, y usted encontrará ese impulso primordial al cual la propia vida debe su perpetuidad.
George Sylvester Viereck: Usted, sin duda, fue bien seguido al transmitir ese punto de vista a los escritores modernos. El psicoanálisis dió nuevas intensidades a la literatura.
S. Freud: También recibí mucho de la literatura y la filosofía. Nietzche fue uno de los primeros psicoanalistas. Es sorprendente ver hasta qué punto su intuición preanuncia las novedades descubiertas. Ninguno se percató más profundamente de los motivos duales de la conducta humana, y de la insistencia del principio del placer en predominar indefinidamente que él. El Zaratustra dice: "El dolor grita: ¡Va! Pero el placer quiere eternidad Pura, profundamente eternidad". El psicoanalisis puede ser menos discutido en Austria y en Alemania que en los Estados Unidos, su influencia en la literatura es inmensa por lo tanto. Thomas Mann y Hugo Von Hofmannsthak mucho nos deben a nosotros. Schnitzler recorre un sendero que es, en gran medida, paralela a mi propio desarrollo. El expresa poeticamente lo que yo intento comunicar científicamente. Pero el Dr. Schnitzle no es ni siquiera un poeta, es también un científico.
George Sylvester Viereck: Usted no sólo es un científico, también es un poeta. La literatura americana está impregnada de psicoanálisis. Hupert Hughes, Harvrey O'Higgins y otros, son sus intérpretes. Es casi imposible abrir una nueva novela sin encontrar alguna referencia al psicoanálisis. Entre los dramaturgos Eugene O'Neill y Sydney Howard tienen una gran deuda con usted. "The Silver Cord" por ejemplo, es simplemente una dramatización del complejo de Edipo.
S. Freud: Yo sé y entiendo el cumplido que hay en esa afirmación. Pero, tengo cierta desconfianza de mi popularidad en los Estados Unidos. El interés americano por el psicoanálisis no se profundiza. La popularización lo lleva a la aceptación sin que se lo estudie seriamente. Las personas apenas repiten las frases que aprenden en el teatro o en las revistas. Creen comprender algo del psicoanálisis porque juegan con su argot. Yo prefiero la ocupación intensa con el psicoanálisis, tal como ocurre en los centros europeos, aunque Estados Unidos fue el primer país en reconocerme oficialmente.
La Clark University me concedió un diploma honorario cuando yo siempre fui ignorado en Europa. Mientras tanto, Estados Unidos hace pocas contribuciones originales al psicoanálisis.
Los americanos son jugadores inteligentes, raramente pensadores creativos. Los médicos en los Estados Unidos, y ocasionalmente tambien en Europa, tratan de monopolizar para sí al psicoanálisis. Pero sería un peligro para el psicoanálisis dejarlo exclusivamente en manos de los médicos, pues una formación estrictamente médica es con frecuencia, un impedimento para el psicoanálisis. Es siempre un impedimento cuando ciertas concepciones científicas tradicionales están arraigadas en el cerebro.
¡Freud tiene que decir la verdad a cualquier precio! El no puede obligarse a sí mismo a agradar a Estados Unidos donde están la mayoría de sus seguidores. A pesar de su rudeza, Freud es la urbanidad en persona. El oye pacientemente cada intervención, procurando nunca intimidar al entrevistador. Raro es el visitante que se aleja de su presencia sin un presente, alguna señal de hospitalidad!
Había oscurecido. Era tiempo de tomar el tren de vuelta a la ciudad que una vez cobijara el esplendor imperial de los Habsburgos. Acompañado de su esposa y de su hija, Freud desciende los escalones que lo alejan de su refugio en la montaña a la calle para verme partir. El me pareció cansado y triste al darme el adiós.
"No me haga parecer un pesimista -dice Freud después de un apretón de manos. Yo no tengo desprecio por el mundo.
Expresar desdén por el mundo es apenas otra forma de cortejarlo, de ganar audiencia y aplauso.
¡No, yo no soy un pesimista, en tanto tenga a mis hijos, mi mujer y mis flores!
No soy infelíz, al menos no más infelíz que otros".
El silbato de mi tren sonó en la noche. El automóvil me conducía rápidamente para la estación. Apenas logro ver ligeramente curvado y la cabeza grisácea de Sigmund Freud que desaparecen en la distancia....
George Sylvester Viereck
periodista del "Journal of Psichology"
año 1926 publicada en N.York en 1957
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